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Jaider Enrique Castañeda, el policía de 42 años que falleció en Turbaco, recibió ascenso póstumo

El 23 de septiembre de 2026, el uniformado murió a los 42 años en su vivienda del barrio La Cruz

Jaider Enrique Castañeda Plaza, el policía de 42 años que falleció en Turbaco, recibió ascenso póstumo

Jaider Enrique Castañeda Plaza, el policía de 42 años que falleció en Turbaco, recibió ascenso póstumo

Jaider Enrique Castañeda Plaza, el policía de 42 años que falleció en Turbaco, recibió ascenso póstumo

El amor de María Martínez comenzó buscando protección y terminó convertido en una ausencia que todavía le cuesta pronunciar. Corría el año 2004 cuando, en un parque de Bogotá, un vendedor insistente la llevó a acercarse a un joven policía uniformado para evitar que aquel desconocido siguiera molestándola. No hubo flores, serenatas ni promesas bajo la luna. Solo dos personas que comenzaron a conversar sin sospechar que la vida acababa de cruzar sus caminos para siempre. Aquel uniformado se llamaba Jaider Enrique Castañeda Plaza. Veintidós años después, María daría cualquier cosa por regresar a ese parque y encontrárselo nuevamente.

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Por aquellos días, ella acababa de regresar a Bogotá, después de vivir en La Dorada, Caldas. Había salido a caminar con una amiga cuando ocurrió aquel encuentro inesperado. Lo que comenzó como una manera de sentirse segura terminó dando paso a una relación que, con los años, se transformó en un hogar. Jaider no llegó a su vida haciendo grandes promesas; fue conquistando un lugar en ella a través de la compañía, la confianza y esa manera sencilla de querer que se descubre cuando dos personas deciden compartir hasta los días más difíciles.

El hombre que María conoció llevaba uniforme, pero el que aprendió a amar tenía alma de muchacho travieso. Al regresar del servicio, Jaider dejaba atrás las responsabilidades de su jornada y se entregaba a las bromas con sus hijos, Camila y Santiago. “Era como un niño chiquito”, recuerda su esposa. Le gustaba molestarlos, reírse con ellos y compartir las pequeñas historias del día. En aquella casa no hacía falta una ocasión especial para estar juntos. Su mayor alegría era la familia. “A él no le gustaba andar solo. Para arriba y para abajo andábamos siempre con él”, cuenta María, mientras revive aquellos días que hoy parecen demasiado lejanos.

Como en cualquier matrimonio, también hubo cansancio, preocupaciones y momentos difíciles. María aprendió a reconocer cuándo su esposo había tenido una jornada complicada. Algunas veces llegaba callado, con el peso del trabajo todavía sobre los hombros. Ella procuraba darle espacio hasta que recuperara el ánimo. Después regresaban las conversaciones, las ocurrencias y la rutina de acostarse temprano porque al día siguiente había que madrugar. Eran instantes aparentemente insignificantes, de esos que nadie piensa en fotografiar, pero que después de una pérdida adquieren un valor que ninguna riqueza puede comprar.

Entre los sueños que construyeron juntos había uno que tenía olor a sal y sonido de olas. Jaider quería vivir en Santa Marta. Le gustaba aquella ciudad abrazada por el Caribe y había imaginado un futuro allí junto a María y sus hijos. Poco antes de su muerte tuvieron la oportunidad de viajar a ese destino. Hoy, ella conserva aquella experiencia entre los recuerdos más felices de su matrimonio. No sabía entonces que, mientras recorrían los lugares que tanto le gustaban a su esposo, estaban guardando momentos que un día tendría que aprender a recordar sin él.

La última noche no tuvo nada extraordinario. Y quizás por eso duele tanto. Jaider estaba en casa, conversando y bromeando con los suyos, como acostumbraba hacerlo. Después llegó la hora de dormir. María no tenía manera de saber que aquella cotidianidad estaba a punto de convertirse en un recuerdo definitivo. No hubo una despedida preparada, ni palabras solemnes, ni una advertencia de que el tiempo se estaba agotando. Solo una familia compartiendo su vida, sin imaginar que ese sería uno de sus últimos recuerdos juntos.

El 23 de septiembre de 2026, Jaider Enrique Castañeda Plaza murió a los 42 años en su vivienda del barrio La Cruz, en Turbaco, Bolívar. Con su partida, la vida de María, Camila y Santiago cambió para siempre. El hogar donde antes se escuchaban sus bromas tuvo que enfrentarse a un silencio desconocido. Aquel hombre que disfrutaba estar acompañado ya no volvería a ocupar su lugar en las reuniones familiares. Y su esposa, que durante tantos años había compartido con él los días buenos y los difíciles, comenzó a conocer la tristeza de despertar sabiendo que la persona amada ya no está.

Durante la entrevista, María intentó responder cada pregunta, pero hubo momentos en que las palabras se le quebraron y las lágrimas interrumpieron su voz. Lloraba, guardaba silencio por instantes y, aun así, quería seguir hablando de su esposo. No parecía importarle cuánto doliera recordar; necesitaba contar quién había sido Jaider, cómo había amado a su familia y cuánto lo extrañaba. Cuando le preguntaron a qué momento de su vida quisiera regresar, no escogió una celebración ni un viaje. Respondió con una sencillez estremecedora: “Quisiera devolverme al día anterior para que no le pasara nada”. Era el deseo imposible de una mujer que cambiaría todos los recuerdos felices por la oportunidad de evitar aquella despedida.

La ausencia se ha instalado especialmente en la sala de su casa. Allí acostumbraban reunirse cuando Jaider regresaba del trabajo. Allí conversaban de lo ocurrido durante la jornada y compartían el poco tiempo que les dejaban las obligaciones. María extraña sus llamadas, su presencia y las costumbres que durante años parecieron eternas. “Extraño muchas cosas de él, demasiadas”, confiesa. No necesita describir cada rincón para explicar su dolor. Hay pérdidas que se descubren en una silla que nadie ocupa, en una conversación que no vuelve a comenzar y en la costumbre de esperar a alguien que ya no regresará.

Después de su muerte llegó un reconocimiento que Jaider había esperado con enorme ilusión: su ascenso póstumo en la Policía Nacional. Era una noticia de la que había hablado muchas veces con María, un sueño profesional que los dos deseaban celebrar. Ella recuerda la emoción que sintió al conocerlo, aunque esa alegría estuviera atravesada por la ausencia. “Eso era lo que estábamos esperando. Yo sé que él hubiera reaccionado con una alegría tremenda”, cuenta. Aquel nuevo grado representa el reconocimiento a su trayectoria, pero también una celebración que quedó incompleta. Porque Jaider no pudo compartir con su esposa ni con Camila y Santiago la felicidad de recibirlo en vida.

Hoy, primero de noviembre, Día de Todos los Santos, su historia invita a mirar más allá del uniforme y de las insignias. Jaider no fue únicamente un policía que dedicó parte de su existencia al servicio. Fue el muchacho que conoció a María en un parque, el esposo que prefería salir acompañado de su familia, el padre que jugaba como otro niño y el hombre que soñaba con vivir cerca del mar. Su nombre permanece en los recuerdos de quienes lo conocieron y, sobre todo, en la vida de tres personas que todavía intentan aprender a caminar sin su compañía. Porque detrás de cada policía también existe una familia que espera su regreso y un hogar donde su presencia resulta irreemplazable.

Al finalizar la entrevista, María recibió una última pregunta: si la vida le concediera cinco minutos más junto a Jaider, ¿qué le diría? Volvió a llorar. Entre el dolor, encontró las palabras que quizás resumen toda su historia: “Yo le diría que no se fuera. Lo extraño mucho”. Después habló de la promesa que quisiera hacerle: salir adelante con sus hijos y no dejarse vencer por la tristeza, porque sabe que él no habría querido verla caer. Y entonces resulta inevitable regresar a aquel parque de Bogotá, donde todo comenzó. En 2004, María se acercó a Jaider porque quería que alguien la protegiera. Hoy, veintidós años después, si pudiera encontrarlo nuevamente, no necesitaría que la defendiera de nadie. Solo quisiera abrazarlo, mirarlo a los ojos y pedirle, por una última vez, que no se fuera.

Erix Montoya Bustos

Erix Montoya Bustos

Cubre la información de Cartagena desde 2000. Se incorporó a Caracol Radio en 2011 y previamente trabajó...

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