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El espejismo iraní: Trump creyó que Teherán caería igual que Caracas

IMPORTANTE: esta crónica no es una defensa del sanguinario régimen de los Ayatolás.

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En la mente de Donald Trump el plan parecía sencillo. Tan sencillo como repetir un libreto que en Washington muchos creyeron posible en Venezuela: presión internacional, sanciones, respaldo a la oposición… y eventualmente un cambio de mando. Pero cuando esa lógica se traslada a Irán, la realidad se vuelve mucho más densa, mucho más antigua y, sobre todo, mucho más compleja.

Irán no es un país homogéneo, ni política ni culturalmente. Aproximadamente el 60 % de la población es persa, pero el resto está formado por un mosaico de comunidades: azeríes —que pueden representar entre el 20 y el 25 %—, kurdos, árabes, baluches y lures, entre muchos otros grupos que viven sobre todo en las regiones fronterizas. En el noroeste, los azeríes comparten vínculos culturales con Azerbaiyán; en el oeste, los kurdos miran hacia Irak y Turquía; en el sureste, los baluches mantienen conexiones con Pakistán y Afganistán. Ese mosaico convierte a Irán en un Estado profundamente diverso, donde cada crisis política tiene también un componente territorial y étnico.

A diferencia de Venezuela —donde la disputa es esencialmente entre Gobierno y oposición— el sistema político iraní está construido para resistir sacudidas. En la cima se encuentra el líder supremo, pero alrededor de él opera una compleja arquitectura institucional que incluye clérigos, organismos ideológicos y, sobre todo, un aparato militar paralelo: la Guardia Revolucionaria. Este cuerpo no solo protege al régimen; también controla sectores clave de la economía, la seguridad y la política exterior, convirtiéndose en una columna vertebral del sistema.

A eso se suma la fragmentación de la oposición. En el exterior conviven monárquicos, grupos de exiliados sin dirección clara y movimientos políticos que rara vez coinciden en un proyecto común. Dentro del país, las protestas han sido frecuentes, pero el liderazgo opositor no tiene estructura. Es incapaz de reemplazar al poder establecido.

A eso se debe sumar el plano geopolítico: la región. Irán no es una isla política como Venezuela. Irán es una potencia regional incrustada en el tablero de Oriente Medio, con aliados, milicias y rivales en Irak, Siria, Líbano o el Golfo Pérsico. Cualquier intento de cambio de régimen allí no solo alteraría la política interna, sino el equilibrio estratégico de toda la región. Consolidar un nuevo liderazgo en Irán no se da por una orden de Donald Trump, ni porque Benjamín Netanyahu así lo quiera.

El cálculo resultó equivocado. En Irán no basta con eliminar a la cabeza del Gobierno haciendo añicos las reglas del juego globlal. Historia, identidades, fuerzas militares ideológicas y el contexto geopolítico que hacen que tumbar un régimen no sea una operación política… Sino un terremoto regional que sacude los cimientos del planeta entero.

Juan Pablo Calvás

Juan Pablo Calvás

Director adjunto y corresponsal internacional senior de W Radio. Editor general en W Radio por 10 años....

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