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Tragedia de Blas de Lezo: un año después, Cartagena sigue herida

El 27 de abril de 2017, pasadas las 10:40 de la mañana, el edificio en construcción Portal de Blas de Lezo II se desplomó, matando a 21 obreros.

Cartagena de Indias

Por Luis Fernando Anaya - Caracol Radio Cartagena

Habían pasado las 10:40 de la mañana del jueves 27 de abril del 2017, un día particularmente caluroso en Cartagena, tras un miércoles marcado por un aguacero que inundó varias calles de la ciudad.

En la manzana 8 del barrio Blas de Lezo, en la zona suroccidental de La Heroica, más de cuarenta obreros trabajaban en la construcción del edificio Portal de Blas de Lezo II, cuando la estructura cedió y los siete pisos se vinieron abajo, acabando con la vida de 21 de ellos, dejando heridos a un número similar, y abriendo una herida en el alma de Cartagena que aún no se ha podido cerrar.

Vecinos y algunos obreros que quedaron en pie fueron los primeros rescatistas. Improvisados, sin conocimientos, con la adrenalina a mil y el desespero de salvar a los compañeros, amigos y familiares que se habían quedado debajo de ese mar de escombros.

Fueron virales los videos de anónimos sacando heridos sobre las tablas, y de un sobreviviente que, con cuello ortopédico y en camilla, salió aplaudiendo a sus salvadores.

Llegaron entonces policías, bomberos, Defensa Civil. Ambulancias, paramédicos. Las sirenas sonaban, los gritos y el llanto eran uno solo, el caos era total, y el sol de mediodía asfixiaba a quienes querían ayudar: era ya la tragedia más grande de Cartagena en la historia reciente.

Y a medida que comenzaban a rescatar sobrevivientes debajo de los escombros, comenzaba a aflorar también un sinnúmero de oscuros detalles que cocinaban esta tragedia. Tan solo cuatro horas después del colapso, Caracol Radio confirmaba que la construcción no tenía licencia y que la valla de obra de la edificación era falsa.

Pronto salió a la luz el apellido de la tragedia: Quiroz. Un clan familiar que llenó a Cartagena de edificios construidos de manera irregular, jugando con los sueños y el dinero de cientos de familias.

Las investigaciones dirían días después que los materiales utilizados para el edificio eran de pésima calidad, que donde debían ir ocho o más varillas nada más pusieron tres, que el concreto se caía a pedazos, y que antes de la tragedia, el suelo se había movido y había agrietado las paredes.

Incluso los vecinos se habían quejado por la anarquía de la construcción. Wilfran Quiroz, el constructor, no respetaba las normas urbanísticas. Y los reclamos y las quejas ante las autoridades fueron infructuosos: no pasaba nada.

La caída del edificio Portal de Blas de Lezo II destapó un entramado de corrupción en el mercado de la construcción en Cartagena. Por lo menos treinta edificios más habían sido construidos de la misma manera irregular, y las autoridades no hicieron nada.

El escándalo le costó la suspensión al hoy exalcalde Manuel Vicente Duque. Rodaron cabezas de secretarios, inspectores, directores de Control Urbano. La Heroica jamás volvió a ser la misma.

Y mientras tanto allí, en el corazón de Blas de Lezo, continuaba la tragedia en ebullición. Pronto empezaron a llegar las familias de las víctimas, de los desaparecidos. El calor se hacía cada vez más insoportable.

Empezaron a conocerse historias de vida, de esperanza, como la de Gabriel Ladeuth que se tiró del segundo piso en el momento de la tragedia, y salió ileso. O de otro obrero, que se salvó porque había ido a la tienda. O de las hijas del vigilante, a quien este alcanzó a sacar para protegerlas.

Y llegaron rescatistas de todas las ciudades. Santa Marta, Barranquilla, Valledupar, Bogotá, Tunja, entre otros, enviaron a sus mejores hombres para contribuir al rescate.

Con la caída de la noche, caían también las esperanzas de hallar obreros con vida. El silencio era atronador. La cuadra entera se había quedado sin energía, y los vecinos prestaban sus terrazas para que los angustiados familiares oraran por el milagro.

Los rescatistas lanzaron un grito desgarrador que aún resuena en el recuerdo de quienes estuvieron allí. "Somos organismos de socorro... Si alguien está vivo o escucha, dé tres golpes o grite". Pero otra vez el silencio rompía las esperanzas.

El grito se repitió varias veces. Hasta que con leves ruidos respondió un sobreviviente. Y luego otro. Y otros dos. Eran las ocho de la noche y aún había, por lo menos, cuatro personas a las que rescatar con vida. Trabajaron intensamente y en medio de aplausos y llantos de alegría, al filo de la medianoche, pudieron salvarlos.

Sin embargo, la alegría era también sinónimo del más fatal de los destinos. Debajo de las piedras, del concreto barato y de las pocas varillas, por lo menos veinte cuerpos sin vida esperaban ser rescatados.

Sin pausa, los rescatistas trabajaron hasta el amanecer. El pueblo cartagenero se unió, como pocas veces. Llegaron entonces las donaciones, y de donde uno menos se imagina, apareció comida para los bomberos, los médicos, los policías, los periodistas que cubrieron aún en la madrugada, y hasta para los curiosos.

Las primeras luces del viernes 28 de abril golpearon entonces la zona cero. Era un lugar triste, profundamente melancólico, quizá hasta miedoso. Las familias seguían allí, detrás de la línea amarilla, esperando confiados en un milagro que nunca llegó: no hubo más sobrevivientes.

Solo hasta el sábado en la noche se pudo extraer el último cadáver. Veintinún personas en total habían fallecido. Fue el fin de semana más silencioso de La Heroica: en las calles, aún lejos de Blas de Lezo, se sentía el dolor. Los picós se silenciaron, la champeta no sonó. Los cartageneros estaban de luto. Y la herida en el alma de Cartagena apenas empezaba a abrirse.

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