COLUMNISTA INVITADA

María Claudia Lacouture: Turismo solidario

El turismo solidario, no es solo para conocer y disfrutar, también para ayudar en la participación de proyectos de cooperación

La Ex Ministra de Comercio, Industria y Turismo ahora Directora de la Cámara de Comercio Colombo Americana, María Claudia Lacouture, habla del turismo solidario y cómo funciona a través de los proyectos de cooperación.

 La responsabilidad social de individuos y empresas, fundaciones y organizaciones no gubernamentales, asociada a diversos estímulos filantrópicos e incluso a descuentos impositivos y otros, propios y exógenos, han incidido para que el turismo solidario crezca anualmente un 20%, a pesar de ser una modalidad de viaje que comenzó a expandirse hace relativamente poco tiempo, apenas una década.

El turismo solidario es el que se realiza normalmente hacia países en vías de desarrollo, no sólo para conocer y disfrutar del destino de acogida, sino también y sobre todo con el compromiso de ayudar mediante la participación en proyectos de cooperación.

Un reciente estudio de Europea de Seguros destaca que ya se ha interiorizado que el turismo solidario ofrece la oportunidad a quienes lo practican de concretar su compromiso de ayuda, contribuyendo así al propio crecimiento personal y mejorando con ello su participación en su entorno familiar, laboral, social.

Además, la participación en proyectos de cooperación debidamente estructurados dejan una huella de contribución importante en el destino.

Las nacionalidades de este tipo de viajeros son principalmente europeas y norteamericanas y los países de acogida suelen estar en Latinoamérica, África y Asia.

El perfil del viajero solidario español, por ejemplo, que no difiere en demasía de otros europeos y norteamericanos, se divide en dos grupos bien definidos: el primero entre 20 y 35 años y el segundo a partir de 45 años.

Aunque también hay jubilados, son grupos conformados mayoritariamente por estudiantes y profesionales liberales, muchos relacionados con la educación, que se atribuyen una marcada conciencia social y un nivel socioeconómico entre medio y medio-alto.

Un tercio de los viajeros están vinculados directamente, a su vez, con el mundo del voluntariado y sus organizaciones.

Sus viajes suelen realizarse en pequeños grupos (unas quince personas), organizados por lo general por agencias de viaje asociadas con ONG’s que, a su vez, trabajan con diferentes organizaciones de los destinos de acogida.

Con el aporte de cada una de esta organizaciones se van definiendo las rutas solidarias, muchas veces junto a las agencias de turismo, lo que garantiza la participación del voluntariado en trabajos para el desarrollo, los derechos humanos, la justicia social y hasta para la reconstrucción física en lugares afectados por eventos naturales.

Ofertas que incluyen una convivencia con familias o comunidades del país de acogida, preferentemente rurales, son las que han sido elegidas previamente y en muchas ocasiones por instancias como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y otras por el estilo, para apuntalar labores y expresiones culturales que constituyen fuentes de ingresos para la población local.

Estas estancias acostumbran a tener una duración de entre dos y tres semanas y se hacen en grupos por lo regular conformado por unas quince personas que previamente han recibido formación detallada sobre la realidad sociocultural del punto de acogida y se les familiariza con la línea de trabajo de los proyectos que visitan.

Entre las recomendaciones que reciben, se les instruye, en entre otros detalles, evitar comportamientos que podrían aumentar la sensación de desigualdad. Es decir, por ejemplo, no llevar regalos que signifiquen falta de igualdad entre quien lo recibe y quien lo da.

La mejor recomendación es actuar con la mayor naturalidad posible y tratar de tú a tú a los habitantes del destino, para que estos vean a los turistas-voluntarios como uno más de ellos y, obviamente, mostrando respeto por tradiciones y costumbres, sin olvidar tampoco que se trata de una actividad solidaria, sí, pero de ocio. Ocio productivo, ocio solidario.

Al fin y al cabo son viajes de vacaciones, en la modalidad de ayudar y cooperar en la mejora de las condiciones de vida del destino.

Un ejemplo de esta modalidad son las denominadas “Vacaciones Solidarias 2018” de la Fundación Telefónica española, que permite a los empleados de este grupo económico dedicar sus vacaciones a ayudar a apuntalar proyectos de educación ideados para ser desarrollados en zonas con colectivos vulnerables.Los seleccionados, entre empleados en activo, prejubilados y jubilados, proceden este año de 21 países donde esa telefónica tiene negocios. Desarrollan su turismo solidario en proyectos digitales porque este es el eje conductor de las actividades formativas y lúdico-educativas planificadas para ser ejecutadas con niños, adolescentes, docentes y otros miembros de las comunidades elegidas.

La enseñanza en el manejo de las herramientas digitales con fines educativos y uso responsable está a cargo de empleados previamente formados en las competencias respectivas, quienes en los últimos tres años han duplicado sus solicitudes para participar en las llamadas “Vacaciones Solidarias Internacionales”, que complementan otras nacionales que se impulsan en localidades españolas.

Según la Fundación Telefónica, su programa es una de las principales iniciativas de voluntariado corporativo en el mundo, con casi 40.000 participantes activos en 2017 y más de300.000 beneficiarios entre todos los destinos de acogida de los países en los que está presente la empresa.

 

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