ESPAÑA VAN MORRISON

La ciudad que nunca duerme sueña con Van Morrison

Javier Herrero.

Madrid, 12 dic (EFE).- Llegó la noche en que la ciudad que nunca duerme se dejó arrastrar a un sueño balsámico inducido por un Morfeo norirlandés con tanta mitología detrás como su homólogo griego, un saxo por lira, gafas de sol negras y una voz blanca que pasados los 70 sigue templando corazones con su toque de jazz y soul sin igual.

George Ivan Morrison (Belfast, 1945) ha regresado así a Madrid dos años y un mes después de su último paseo por la capital española, que entonces tuvo lugar en el Teatro Circo Price ante un aforo mucho más íntimo que el de esta noche, el de un WiZink Center abarrotado, pero no por ello menos subyugado.

Según la organización han sido en total unas 5.500 personas las que, tras agotar todas las entradas a la venta, han conseguido asiento para la única parada española de la gira en la que presenta dos álbumes de estudio recién editados, con poco más de 70 días de diferencia: "Roll with punches" y "Versatile".

De su mano se ha acentuado aún más el halo de reconfortante nostalgia que caracteriza la producción de Van Morrison, ya que se nutren de clásicos del rythm and blues y el jazz, respectivamente, que en su día popularizaron figuras como Chet Baker, Frank Sinatra o The Righteous Brothers.

Otro virtuoso, en este caso de los teclados, se ha ocupado de caldear previamente el ambiente del antiguo Palacio de los Deportes de Madrid en una de las noches más frías del otoño. Se trataba de Georgie Fame, que se ha presentado en formato trío para goce de los muchos presentes que antes de las 20,00 horas ocupaban ya su plaza.

Porque todo el que alguna vez ha asistido a un concierto de Van Morrison sabe que la música arranca puntual pese a lo inusual de sus horarios conforme al canon español, y así, a las 20,30 horas, con muchos madrileños saliendo aún de sus trabajos, ha saltado el artista a las tablas junto al resto de la banda y su habitual uniforme negro.

Es el único luto que viste su espectáculo, que arranca en burbujeantes coordenadas jazzísticas antes de deparar al público una de sus primeras alegrías, la emblemática y suave "Moondance", que ha afrontado antes de "How far from God", uno de los nuevos cortes.

Todos sus colores, del jazz al r&b pasando por el swing, el blues, el rock y los toques celtas, se han dado cita en un repertorio anestésico y formulado con órgano Hammond, elegante percusión y, cómo no, saxofón.

Solo se ha permitido abandonarlo en minutos contados para rasgar las cuerdas o, mejor aún, para sentarse al piano en la espiritual "Vanlose stairway", que ha arrancado muchos aplausos del público.

Huelga decir que no todo el mérito es de una voz que pasadas las siete décadas de vida mantiene casi íntegra la frescura y calidez de antaño, pues Morrison viaja bien arropado por Paul Moran a los teclados, Paul Moore al bajo, Dave Keary a las guitarras, Mez Clough a la batería y Teena Morcombe a la percusión.

Con ellos ha dado vida en directo a "Broken record", otro de sus cortes más recientes, así como al que quizás fue su último gran "hit" mundial, "Days like this", en una versión aún más serena que la original que ha convertido el auditorio en un templo reverencial, libre del estrés endémico y urbanita que aguardaba fuera.

Del segundo tramo cabe destacar la bella "Sometimes we cry", pieza temprana de su producción (se remonta nada menos que a 1968) y objeto de numerosas versiones (Tom Jones, por citar una muy célebre), delicadamente remoldeada esta noche a dos voces junto a Dana Masters, más que una corista, otro de los aciertos de su gira.

Cuando rebasaba la hora y media de música, la seminal, vivaz e imprescindible "Brown eyed girl" ha hecho acto de presencia vaticinando el final del sueño, sobre todo cuando en pleno coleo final Morrison ha amenazado con una de sus célebres fugas al aeropuerto para llegar a dormir en casa.

Pero no. El león de Belfast no solo se ha permitido un "muchas gracias", sino que ha tenido a bien regresar a las tablas para regalar al público madrileño otro trance con forma de "In the garden", bajo ese mantra que reza: "Ni gurú, ni método, ni maestro". ¿O maestro sí?.

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