Martha, la jardinera de las Farc

La mujer tras volver a la vida civíl manifiesta que aún no sabe si sus hermanos están vivos, ella se aisló de su vida cuando se fue al amonte y ahora la quiere recuperar

Se considera así mismo una persona feliz, detrás de la pañoleta camuflada y el bombacho de trabajo de los guerrilleros, Martha deja ver la nobleza característica del campesino de nuestro país. Sus ojos café intenso no reflejan para nada todo lo que le tocó vivir en el monte con fusil al hombro. Por el contrario, sus 1,65 metros de estatura hoy son todo calor humano, vocación de servicio y amor por lo suyo, lo único que tiene en el mundo: sus camaradas y sus plantas, ubicadas en un rincón al lado de su cambuche.

Perdió a su papá por la guerra, y en medio del dolor se fue a la guerrilla, vagando por la serranía del Perijá se enteró que su familia huyó desplazada, y sólo ha visto la tumba de su padre una vez.

"Está cubierta de monte, así que no sé si mis 6 hermanos están con vida o han ido a verlo, no sé". Pero no se entristece al contarlo, sabe que es la ley del guerrillero que deja todo para luchar por una causa. Hoy, después de bajar de la sierra y dejar su arma, Martha es la cara sonriente del bloque Martín Caballero. Está en la rancha, así le llaman a la cocina, y desde muy temprano pela yucas, zanahorias, papas, tomates y todo lo necesario para la comida de la tropa. Algunos de esos elementos los siembra ella misma, labor que confiesa que le apasiona y que lo lleva en la sangre.

"Desde que entré a las Farc siempre me dediqué a sembrar y a cuidar los animales. Teníamos en la serranía cultivos de yuca, ñame, maíz, que muchas veces no nos tocaba disfrutar por los operativos. Ya ahora es distinto, aquí mismo sembramos todos, y ya puedo prestarle más atención a mi jardín de flores, siempre lo tuve cuando estábamos en guerra, y ahora pues lo cuido mucho más", cuenta.

Martha se confiesa una amante de la naturaleza, se pone seria cuando recuerda cómo le incautaban madera ilegal y moto sierras a los traficantes en la época en la que ellos controlaban la zona. "Hubo que descumbrar muchos terrenos para sembrar, eso no se debe hacer, y hoy quiero aportar mi granito de arena aquí en Pondores", dice. Planea sembrar aguacates, maracuyá, tomate y otros árboles frutales en cualquier rincón que quede disponible del campamento. Su objetivo no es cosechar, porque claramente no estarán aquí para cuándo den fruto, "quiero aportarle eso a esta tierra tan bonita, dejar esa huella y por qué no ayudar con eso a quien venga después a conocer la zona".

Desde ya extraña la vida en el monte, aunque parezca improbable, para Martha la zozobra que vivían en la guerra se compensaba con la maravilla de vivir en la montaña. Le enamoran, además del vallenato y las causas sociales, el paisaje verde y frondoso que guiaba sus pasos estando en el Perijá. "Voy a extrañar todo, ese aire puro y fresco que se respiraba, que hasta te ayuda a conservarte mejor", remata su comentario entre risas.

Dedica también parte de su tiempo a estudiar los acuerdos, y la visión política de las Farc. No duda un instante en asegurar que su futuro está en estas mismas montañas, pero ayudando a su gente, a su natal pueblo de 'La Junta', y a las etnias indígenas que pueblan el Valle del cacique Upar y la sierra Nevada. "Mi sueño siempre fue conocer la sierra Nevada, y un día huyendo del ejército vi la nieve, alguien me dijo que habíamos llegado a la cima de la sierra y yo no lo podía creer.

Era hermoso, pero también triste ver cómo los indígenas morían de hambre y frío, por eso me prometí que volvería, pero para ayudar a toda esa gente", dice.

Después de 17 años en las Farc, de a poco se acostumbra a su nueva vida. Ya no rotan tanto las obligaciones, así que está más al pendiente de su jardín y sus cultivos, de hacer la comida y de entregarle un tinto y una buena charla a quien visita el campamento, tal cual lo hace mientras cuenta esta historia.

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