Mocoa, en blanco y negro

No todo el pueblo está devastado, como se imagina en el resto del país. Mocoa está divido en la tragedia y la esperanza, en la zona de desastre y más de 45 barrios donde no hubo ni asomo de la avalancha.

No tienen otro remedio que seguir adelante. Y lo están demostrando. En el centro del pueblo - donde la tragedia no rozó- se percibe la catástrofe por los rostros largos, de tristeza, con tapabocas, gente en las esquinas rumorando, hablando del desastre y enumerando a sus víctimas que se la tragó el lodo. Por lo demás, no se magnifica la catástrofe: las calles están pavimentadas, la iglesia sigue funcionando, los centros comerciales cerraron sus puertas, pero ya reabrieron, los conductores de carros se movilizan como si nada, mientras los motociclistas ‘vuelan’ aprovechando que no hay semáforos porque hay escases de energía eléctrica. Hay trancones, caos vehicular. Quien ingresa hasta el parque central y se regresa, se despista porque creería que nada ocurre. Menos después del jueves cuando el comercio normalizó.

Al otro extremo, a cinco minutos, al otro lado del puente- que no logró sacudir la avalancha- aparece el barro. El paisaje se transforma. El ambiente es turbio, oscuro, atiborrado del polvo que penetra en la ropa, los celulares, las cámaras.

Se mueven pobladores divisando la magnitud de la avalancha originada por la quebrada Sangoyaco, los cráteres que formó, las casas que devastó y los huevos de dinosaurio que se cargó.

El hospital

En adelante se observa el hospital José María Hernández que se salvó porque está retirado del afluente. Está atiborrado de víctimas, de personas vacunándose contra la Hepatitis A, el Tétano, la Fiebre Amarilla y unos cuantos colgando letreros con nombres y fotografías de desaparecidos. “Se busca”, es la frase común. Cinco minutos adentro del centro asistencial, al lado de una pared de la Cárcel de Mocoa, está la entrada al desastre.

Una cinta amarilla de ‘peligro’ evita el paso de carros. Se camina entre el lodo, al lado de cultivos de pringamoza. Al frente, a 500 metros, se tropieza con el primer desastre: un ‘mar’ de piedras, de rocas gigantescas agarradas de un lodo espeso y fétido. Hay gente (curiosos) enterrada hasta las rodillas, otros tratando de auxiliarlos.

La máquina retroexcavadora hace un sobreesfuerzo para despejar las piedras, acomodarlas a un lado y despejar el caudal, mientras sobrevuela un helicóptero de la Fuerza Aérea que pasa revista del cauce de la quebrada y que desmiente los continuos rumores de una nueva avalancha.

500 metros más arriba, por donde anteriormente se ingresaba al barrio San Miguel, está el otro caudal que abrió el río. Las piedras son más gigantes, hay palizada, puertas, ventanas, armarios y todo lo que se tragó y escupió la avalancha.

Ahí están las casas. Se ve lo que quedó de sus techos. Unas ‘no se dejaron llevar’. Otras están sepultadas, mientras sus dueños, encima del lodo, dicen que ahí vivían hasta el viernes pasado.

Ya no hay calles, desaparecieron, el río cruza por el barrio porque se regó como una raíz, mientras 17 carros permanecen enterrados en un ‘cementerio’ de autos inservibles, arruinados.

En el cielo, decenas de aves de carroña vuelan en forma de círculo avisando la existencia de muertos en la zona, mientras pocos bomberos- 600 ya se fueron de Mocoa- caminan ‘cazando’ olores de difunto descompuesto para empezar a despejar antes de que la retroexcavadora llegue y levante lo que encuentre.

Adentro, más adentro hay piedras, lodo, rastros de sangre, muñecas que se resistieron a la avalancha, cuentos infantiles, biblias abiertas entre las piedras y hasta una roca enorme que parece escrito desde el cielo: “Aun en los momentos difíciles hay esperanza en Cristo”.

Mocoa está partida en dos, en un pueblo que ‘desapareció’ el lodo y el otro, el que queda, que lucha por no desfallecer, que apoya a sus víctimas, que las llora, y que está dispuesta a pasar la página sin olvidar a los 314 muertos y 106 desaparecidos.

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