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Un Domingo de Ramos de luto en Mocoa

Con 700 personas menos en el pueblo se aperturó la Semana Santa en la ciudad.

No habían palmas tradicionales, como en el resto el país. Corpoamazonía los prohibió para controlar la deforestación en los ríos (causantes de avalanchas) y los mocoanos se las ingeniaron y utilizaron ramos de eucalipto. La razón: es la mata que aleja pestes, gripes, malas energías. “Espanta el olor a muerto que se siente en el pueblo cuando hace brisa”, dice María Jimena Cortés, que vende los ramilletes entre mil y dos mil pesos.

Al ramo le suman ruda, boldo, y otras plantas que- aunque no alejan tempestades como las palmas benditas, según creen los mocoanos- sirven para curar dolores de estómago e infecciones visuales, propias de esta etapa pos-desastre.

Las víctimas en Mocoa acudieron a misa. Llegaron primero al barrio San Agustín, barrido por el lodo. Allí se reencontraron, lloraron sus 316 muertos y anhelaron encontrar a sus 103 desaparecidos.

El obispo de Mocoa, Luis Marulanda, llegó hasta el barrio, pidió que levantaran los ramos medicinales, les lanzó agua y los bendijo.

Los rostros de los fieles, no eran los mismos, confesó Monseñor. Se percibía la tristeza, la amargura, las lágrimas encima de los tapacobas que les cubrían parte de su cara.

“Vamos a hacer una lectura al dolor de este pueblo y vamos a abrir la esperanza a los pobladores de Mocoa”, dijo Monseñor, quien caminó al lado de los fieles y víctimas que se deslizaban por el barro aún esparcido en las calles.

“Nos toca afianzar nuestra fe. Dios nos ha dejado el mayor tesoro: la vida. Y tenemos que seguir luchando…”, dijo una seguidora de la Iglesia Católica, mientras sostenía la fotografía con el rostro de un pariente desaparecido.

“La fe y la esperanza es lo último que se pierde, si Dios nos dejó es porque nos tiene para cosas grandes… Lo que dios hace, bendito está”, expresó otro seguidor de la Iglesia, mientras subía el atrio del templo ubicado en el parque central, donde más de 500 pobladores se sumaron a la eucaristía.

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