Las múltiples despedidas en el cementerio de Mocoa

Caracol Radio acompañó el sepelio de nueve integrantes de una familia sepultados en la avalancha.

Entierro masivo en Mocoa /

No importa la hora. 7:00 p.m., 8:00 p.m., y sigue habiendo ‘vida’ en el cementerio de Mocoa, Putumayo, un camposanto que nunca había tenido movimiento nocturno. Desde su entrada, a orillas de la carretera de ingreso a la capital gran cantidad de motocicletas están estacionadas. A escasos metros, diez policías restringen el paso de los pobladores. “Es por seguridad”, alega uno de los uniformados, cuyas palabras salen filtradas por su tapabocas.

El fétido olor a muerto, es insoportable. Se percibe desde la entrada, en los pasillos, en los osarios del Campo Santo. Nueve integrantes de una misma familia reposan en féretros a escasos metros de las tumbas que sus propios parientes- por falta de sepultureros- han cavado. Los Flórez – Ortiz se los consumió la avalancha y los ‘escupió’ siete kilómetros adelante. Otros tres están desaparecidos.

Una mujer se abalanza sobre los féretros, dice que es la hermana, la tía, la prima de los difuntos y quisiera abrazarlos al tiempo, pero no puede. Le piden calma, pero se opone. Grita, pide explicaciones a Dios y termina derrumbada, desmayada en los brazos de los que se salvaron de la tragedia.

Uniformados de la Defensa Civil le ponen a oler alcohol y vuelve en sí. La escena es la misma hasta que sus nueve parientes terminan sepultados en ataúdes sin nombre, sin flores, con un código de identificación y con un olor insoportable que no lo espanta ni el tapabocas.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, dice a capela un Fray que, descalzo, viajó desde Pitalito, Huila, a ayudar en los sepelios, y cuya voz se confunde con otros sacerdotes que a escasos metros, en otras tumbas, atienden otra tragedia.

A 200 metros hay fuego, humo. Están quemando las bolsas, la ropa que no se desprendió de los muertos. Al otro, médicos legistas que corren de un lado a otro, vestidos de blanco, respondiendo a una romería de parientes que preguntan por sus difuntos. “¿Es él?, ¿tiene el tatuaje?”, interrogan. No les dan muchas respuestas.

Las familias- que no están sepultando- permanecen sentadas bajo los árboles, al lado de las bóvedas, esperando noticias. Han hecho de Normandía un hogar de paso, un lugar donde esperan noticias alentadoras o desalentadoras de sus seres queridos.

Algunos- al final del día- se marchan con sus rostros tristes por las escasas noticias de sus parientes. Otros gritan, lloran, se estremecen al saber que el encuentro terminó, que sus familiares están muertos y las esperanzas se esfumaron.

180 muertos han sido embalsamados. 290 es la cifra total de difuntos. 110 faltan por entregar. Las escenas serán las mismas.

Francisco Arguello / Caracol Radio

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