TOROS ESPAÑA

Alberto López Simón roza la Puerta del Príncipe en Sevilla

El diestro madrileño Alberto López Simón se ha impuesto al sevillano Manuel Escribano en el mano a mano celebrado esta tarde en la plaza de la Maestranza de Sevilla, primer festejo de la feria de San Miguel.

FICHA DEL FESTEJO.- Toros de El Pilar y Moisés Fraile, muy bien presentados, incluyendo el sobrero que se lidió en primer lugar. Dentro de un envío en el que sobró la flojera y la sosería destacó el juego del tercero. El segundo tuvo nobleza y el peor fue el sexto, un animal bronco y peligroso.

Manuel Escribano, silencio, ovación y ovación.

Alberto López Simón, vuelta al ruedo tras petición, oreja y gran ovación.

La plaza registró casi tres cuartos de entrada.

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UNA OREJA PERO PUDIERON SER CUATRO

Simón ganó a los puntos pero también convenció por la verdad de su concepto, la quietud de su ejecución y las sinceras ganas de triunfar que le llevaron a ver toro en todas partes, desde el blando y soso animal al que estuvo muy cerca de cortar una primera oreja hasta ese sexto peligroso y duro de patas que estuvo a punto de mandarlo a la enfermería.

Al final el madrileño se llevó dos trofeos que pudieron ser cuatro y le habrían abierto de par en par la Puerta del Príncipe. Pero eso es lo de menos. López Simón ha subido un nuevo y valioso escalón para alcanzar la primerísima fila del toreo y supo llenar de contenido un festejo que también se jugaba mucho en el duro fielato de la taquilla. Ambas pruebas fueron superadas con creces.

El triunfador de la tarde sorteó en primer animal que permitió lucir a la cuadrilla, desde el sensacional tercio de varas protagonizado por Tito Sandoval hasta el gran segundo tercio que cubrió Domingo Siro.

Simón, que había brindado al público, pudo comprobar que el toro no estaba sobrado de fuerzas. Pero encontró pronto el acople en la distancia y las alturas justas para iniciar un primer tramo de faena en el que hubo cintura, encaje, ligazón, terrenos ajustados y un sentido del ritmo que caló pronto en el público.

El trasteo encontró su techo en el toreo de cercanías pero el tono había bajado por el pitón izquierdo y enfrío un punto los entusiasmos a la hora de pedir el trofeo.

El cuarto fue un imponente castaño al que supo tocar todas las teclas y apretarle en los momentos clave para acampar a sus anchas en ese sitio en el que se maneja a su gusto.

Simón se encajó y se hundió de verdad con el toro en una labor de muletazos de mano cada vez más baja que tuvo que luchar con la falta de contenido de su enemigo.

Una vez más hubo cierto bajón argumental por el lado izquierdo pero el joven diestro supo levantar el tono con una serie diestra muy arrebujada, dicha y hecha en una loseta que cerró con una ajustada dosantina. La estocada puso en sus manos la primera oreja.

Pero había que remachar el clavo y el paladín de la temporada lo hizo jugándose la vida sin trampa ni cartón con el peligrosísimo sexto, que puso en apuros a todo el que se le puso delante. Simón le consintió, le esperó y se la jugó en una faena de emociones y peligro evidente que le costó un feo pitonazo en el pecho del que salió desvanecido.

La espada le impidió cortar otro trofeo pero había convencido a la cátedra.

El sevillano Manuel Escribano pasó en blanco esta nueva oportunidad en la plaza de su tierra. No tuvo material con el sobrero que hizo primero, que se desinfló como un globo.

Pero el diestro de Gerena sí sorteó un notable ejemplar, el que hizo tercero que rompió con importancia en la muleta después de hacer cosas buenísimas en una lidia que quedó empañada por las constantes protestas del público, que pedía su devolución.

Escribano, visiblemente disgustado, renunció a banderillear este animal que se rebosó con mucha importancia, humillando y desplazándose por el lado izquierdo viniéndose desde largo. La faena subió de tono pero todo se acabó desmoronando cuando el matador se echó la muleta al lado derecho en la distancia corta.

Ya no hubo manera de levantar ese trasteo que habría cambiado el signo de la tarde de Escribano que sí echó toda la carne en el asador con un quinto desigual y claudicante con el que se jugó el pellejo de verdad al banderillearlo sentado en el estribo después de una larguísima espera. En la muleta sólo duró los pases cambiados iniciales antes de quedarse cada vez más corto.

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