Borja Jiménez, una oreja en la plaza de Acho

Con un minuto de silencio en recuerdo del maestro José María Manzanares, conocido en la capital peruana como Torero de Lima, se dio inicio a la segunda novillada de la Feria del Señor de los Milagros en la que Borja Jiménez cortó una oreja.

Jaime de Rivero

Lima, 1 nov (EFE).- Con un minuto de silencio en recuerdo del maestro José María Manzanares, conocido en la capital peruana como Torero de Lima, se dio inicio a la segunda novillada de la Feria del Señor de los Milagros en la que Borja Jiménez cortó una oreja.

La tarde estuvo signada por el ganado de Santa Rosa de Lima, disparejo de presentación, complicado y bajo de raza.

Borja Jiménez supo aprovechar la nobleza y querencia del cuarto de la tarde, que tuvo movilidad y que se dejó lidiar a pesar de su remisa condición.

Si bien Jimenez no llegó a redondear faena, aseguró la oreja aprovechando las tendencias del novillo que buscaba las tablas de los tendidos de sol. Confiado en esta condición, no se ocupó de sacarlo de querencia, perdiendo la posibilidad de descubrir virtudes que quizá podrían haber acabado con una mejor obra. Una estocada en lo alto le valió la única oreja de la tarde.

El primero, noble, blando y sin raza, permitió muletazos iniciales de buena factura, pero el novillo se apagó pronto, diluyendo el interés.

Francisco José Espada dejó grata impresión en el público, sobre todo con el que salió en quinto lugar, serio y con mayor clase en la embestida, al que lidió principalmente por derechazos.

Fue la mejor faena por su estructura, en la que a pesar de las volteretas, se pudo apreciar la calidad del novillero. Mató de una estocada arriba, pero el burel demoró en doblar, enfriando al público que sólo rindió una ovación cuando bien pudo premiar con una oreja.

El corrido en segundo lugar era blando, complicado y con tendencia a cortar el viaje en los muletazos. La series fueron cortas sin poder acoplarse con el astado, que además no tenía clase ni transmisión.

José Garrido no pudo sacar partido a su lote, disparejo y con dificultades que le valieron una fuerte voltereta.

El tercero de la tarde tenía movilidad, pero se revolvía pronto, complicando la labor del novillero. Insistió en torearlo en cercanías cuando el novillo requería más espacio y recorrido. En el fragor, fue prendido recibiendo una fuerte paliza . Se eternizó con la espada.

El sexto embestía con la cabeza descompuesta y fue muy complicado de lidiar. Lo despachó de una estocada entera y fulminante. EFE

jdr/cjn/ics

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