Franceses reconocen la obra del novelista colombiano Efer Arocha

El escritor colombiano Efer Arocha, en su insólita novela "Quitándole el punto a la i", lanzada en París y Colombia, revive la figura del escritor autodidacta, "antropófago cultural", hijo de indio y europeo, intelectual latinoamericano buscando sus referencias en un mundo siempre amenazado por la guerra.

PARIS, - El escritor colombiano Efer Arocha, en su insólita novela "Quitándole el punto a la i", lanzada en París y Colombia, revive la figura del escritor autodidacta, "antropófago cultural", hijo de indio y europeo, intelectual latinoamericano buscando sus referencias en un mundo siempre amenazado por la guerra.

Este libro, publicado por las editoriales "Escargot au galop" (Caracol galopante) y "Vericuetos", tiene como referencias implícitas obras juguetonas del exilio como "Rayuela", del argentino Julio Cortázar, o "Entre Marx y una mujer desnuda", del ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, buscando romper, tomar la palabra, burlarse de la monotonía comercial, la falta de irreverencia, humor y riesgo de cierta literatura mundana reciente.

El lector recuerda la expresión "poner los puntos sobre las íes" mientras avanza en este diario anarquista, fruto de la actitud contraria, que sin prosopopeya y con una expresión muy literaria, nos muestra el mundo de un curioso narrador fragmentado que se presenta como una suerte de reencarnación del autodidacta sartreano.

Después de luchar y sufrir por Colombia, sobre todo en el campo, Efer Arocha se vino a París en busca de la posibilidad de esa reconstrucción ética que propicia el "contar el cuento", observando, anotando, criticando, reflexionando.

Encerrado en su pieza parisiense, con un computador y mucho entusiasmo, Arocha se hizo primero editor de otros escritores como él, lanzando libros de poesía y ensayos en la Sorbona, la Unesco o la Maison de l'Amérique Latine.

Sus muchos amigos latinoamericanos sabían que escribía una novela rara, recordando tal vez las audacias y juegos poéticos de "El asma de Leviatán", del poeta salvadoreño Roberto Armijo.

Arocha se dio cuenta de la sobrealimentación narrativa de una sociedad como la nuestra, que tiende a expedir, imprimir y publicar las trazas de nuestras actividades cotidianas mediante recibos, tiquetes, consignas.

Por eso no vaciló en pegar en sus páginas, como si se tratara de un álbum infantil, trozos de esa realidad escrita desperdiciada: papeles de confites, cuerdas, cáscaras de frutas, facturas, tiquetes de metro, recortes de periódico, cuentas bancarias, testimonios de lo que significa "ganarse la vida".

El escritor colombiano también se burla con ternura, en "Quitándole el punto a la i", del deseo que mueve a los latinoamericanos a treparse en un avión, como salvajes intelectuales, para "regresar" a descubrir Europa y compadecerse de sus abuelas solas en los ancianatos, absortas, olvidadas por los nietos.

"Cuando venía en el avión releyó cuidadosamente toda la información sobre la pieza anhelada. Sabía que se encontraba en el Square Saint Germain des Pres. Que era un busto cagado por los pájaros...", se lee en uno de los capítulos, llamado "En busca de su escultura preferida".

El colombiano Arocha quiere mucho a su tierra, a la gente que lucha por vivir en paz en sus campos. Y ahora, asqueado por la violencia humana, por el odio mundial, su combate es, como su novela, dionisiaco: poner a circular poemas, novelas y ensayos que mitiguen, diviertan, alivien y ayuden a calmar los espíritus.

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