EDITORIAL

Amamos odiar

El odio es un combustible contaminante, no biodegradable, que destruye ecosistemas y cuyo uso contamina relaciones.

La humanidad tiene varios combustibles que la mueven. Y no es que esté planteando que entremos en los vericuetos de la batalla entre hidrocarburos y otro tipo de energías. No, no es eso. Los combustibles de los que quiero hablar abundan en la naturaleza, pero no en la planetaria: en nuestra naturaleza humana, aunque lo suyo es la invisibilidad.

Para no comenzar con aspectos negativos, diré que el principal motor de la humanidad es la curiosidad: es la curiosidad la responsable de la ciencia, es la curiosidad la responsable de los desarrollos tecnológicos, es la curiosidad la responsable de la exploración. Incluso, en algo que nos toca de cerca a quienes compartimos mesa de trabajo en 6AM Hoy por Hoy, es la curiosidad la responsable de las comunicaciones, de los medios, del periodismo.

Una fuerza aún más poderosa que la curiosidad, y que también mueve al mundo, es el amor. Y aquí puede uno entrar al terreno de lo edulcorado, pero me encanta la definición directa y sin rodeos de la Academia de la Lengua: “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca encuentro y unión con otro ser”.

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Como ven, una cosa sin decorados y arequipes verbales. Tanto, que no sugiere algo sublime sino una insuficiencia. Gasolina corriente, porque hay amor supuestamente rodeándonos por todas partes.

Al otro lado del amor, en sus antípodas, habita otro combustible de la humanidad que lamentablemente nos mueve hoy más que el amor. Pura gasolina extra. Se llama odio, y la Academia dice que es la antipatía y aversión que sentimos hacia algo o alguien cuyo mal deseamos.

Como queda claro, el odio es un combustible contaminante, no biodegradable, que destruye ecosistemas y cuyo uso contamina relaciones. Y nos mueve hoy más que el amor.

No quiero dar nombres propios ni referirme a nada en particular. Solo plantear hoy que debemos hacer una reflexión sobre cómo el odio se ha convertido en inagotable combustible de nuestras relaciones.

Estamos construyendo un mundo donde el odio reemplaza a la discusión sana, el odio suplanta los argumentos, el odio impulsa nuestras palabras, el odio es la materia prima de nuestra presencia en redes sociales y el odio, en suma, parece animarnos más que el amor.

Y, para colmo de males, odiamos a los que aman más de la cuenta, y nos parece que quienes van por la vida hablando de amor son cursis, ridículos y dignos de matoneo.

Odio decirlo, pero el odio se está saliendo con la suya. Y le estamos ayudando todos los días, con tal dedicación e insistencia, que pareciera, enorme contradicción, que estamos enamorados del odio.

 

 

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