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EDITORIAL
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Ojo, presidente: hielo delgado

Antes de dar pasos, hay que asegurarse de que el lago esté congelado.

Lo que pasa en Venezuela es un desastre. Un desastre que no sucede en Liberia ni en Nepal. Un desastre que está justo en la cuadra de al lado. Y no hay manera de desligarnos de un problema que, más allá de las ideologías, tiene que ver con el derrumbe económico del que fuera un próspero país y hoy no puede sostener a su gente.

Recibimos a los venezolanos que huyen de la tragedia con enorme cariño y solidaridad, pero dos países no caben en uno y la única solución es que el mal administrador deje su puesto y alguien tome en Caracas decisiones que nuevamente hagan de Venezuela un país viable. Un país que, además, no tenga un gobierno asediado que trata, como sucede con las tiranías o los regímenes con botas, de ubicar un enemigo externo para tratar de unir al pueblo hambriento alrededor de un nacionalismo malsano.

Es evidente, y se ha comprobado hace muchos años, que el gobierno venezolano, primero de Chávez y ahora de su remedo de papel maché, Nicolas Maduro, ha protegido a la guerrilla colombiana, le ha ofrecido apoyo y refugio, y la utiliza para intereses propios de una revolución que urgentemente necesita defensores y amigos.

Por eso, porque es evidente, resulta tan triste el hecho de que el dosier de pruebas que el presidente Iván Duque presentó ante organismos internacionales contenga materiales que no se corresponden con la realidad.

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Todo el mundo puede cometer errores e imprecisiones, pero nada le lucen a un presidente que señala de colaborar con el terrorismo a un gobierno extranjero. Las relaciones internacionales son una pista de hielo, y se admiten resbalones, pero hay porrazos, fruto de la torpeza, que son muy peligrosos y nada “anecdóticos”.

En materia tan delicadas como enfrentar al país vecino en el escenario de las naciones, antes de dar pasos, hay que asegurarse de que el lago esté congelado. Un paso en falso es fatal, y debe el presidente Duque revisar muy bien la lista de personas que le están suministrando materiales que lo exponen y lo dejan a él, y a Colombia, en situación de vulnerabilidad.

Los asesores, con o sin uniforme, así como los ministros y cualquier otro funcionario público cercano al presidente, no tienen el puesto ganado en elecciones ni comprado. Su misión es velar porque el presidente brille, o fundirse, como los fusibles que son, y ser reemplazados.

 

 

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