EDITORIAL

Un oyente, un mundo

Nunca lo conocí, pero lo conocí mucho

Una querida y admirada colega de Medellín me llamó a darme la triste noticia de la muerte de su tío. Me tomó por sorpresa: la sorpresa de saber que ha muerto alguien que uno no conoce. “Amalia, querida”, le dije rogando no ir a cometer una indiscreción en momentos de dolor, “¿quién era tu tío?’”.

 

La voz del otro lado de la línea me dijo que ella suponía que éramos buenos amigos, pues al abrir su correo encontraron docenas y docenas, cientos de correos de él para mí y de mí para él. Como ustedes podrán entender, yo estaba entre intrigado y asustado.

“Mi tío se llamaba Jorge Alberto Duque”, me contó. “¡El señor de los libros!”, le contesté. “Sí, sí”, dijo ella, “el que te escribía de los libros y del gato”. Habiéndome ella sacado de la duda, procedí a hacer lo propio con Amalia. Y en este momento, además, con ustedes, nuestros oyentes.

 

Le conté a Amalia que hace muchos años recibí un día un correo de Jorge Alberto, su tío, y le contesté. Y luego vino otro, y otro, y otro, y otro, hasta que tantos otros se convirtieron en nosotros.

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Nunca lo conocí, pero lo conocí mucho. Es decir, nunca lo vi, ni me atreví a meterme en su intimidad, pero recibía con mucho cariño sus correos y se los contestaba. La nuestra, debo decirlo, fue una relación epistolar tortuosa, por lo menos en un comienzo.

Lo digo porque a veces me escribía con palabras elogiosas y otras veces en cambio era duro y algo brusco. Un día incluso fue tan agresivo, que le escribí con enorme sinceridad y le pedí que no pasara la línea del respeto.

 

Me contestó apenadísimo y me dijo que tenía ciertas actitudes y comportamientos que tenían que ver con condiciones de su salud, y que el ánimo le subía y bajaba como si lo tuviera siempre en un tobogán, en una montaña rusa. Una semana después recibí el complemento de las disculpas por correo físico: un libro de arte bellísimo y de todo mi gusto.

 

Y así estuvimos años, felicitándome y regañándome él, y yo entendiéndolo y disfrutando de la relación a distancia, a veces afectuosa, a veces áspera. Cuando entré a La Luciérnaga, siguió escribiendo y oyéndome en las tardes y fue fiel oyente por los casi cinco años que estuve con mis locos geniales de las 4 en punto. Y cuando comencé en 6AM Hoy Por Hoy, empacó sus querencias y malquerencias y se mudó a la mañana conmigo. Me siguió escribiendo hasta que se murió, porque su último correo es del día antes de marcharse.

 

Comparto esta historia con ustedes solo para desahogarme y compartir la tristeza de perder a un oyente. Y no lo digo en términos de esas odiosas tabulaciones y mediciones numéricas de cuántos oyentes tenemos, ganamos o perdemos. Esas se hicieron para ensanchar egos y endulzar anunciantes.

 

Lo digo en el más puro sentido de la realidad: me entristece perder a un oyente. Los oyentes son esas personas que nos abren las puertas de su casa y de su corazón, y saberlo ido me produce una tristeza inocultable.

 

Adiós, don Jorge Alberto Duque, se le quiere y se le extraña. Me hará falta su elegante “porque te quiero te aporrio”. Me hará mucha falta usted, porque un oyente es un mundo entero.

 

 

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