EDITORIAL

Orgullo chontaduro

Este es un país hecho con esfuerzos y amores; una nación tejida por cosedoras; una patria edificada con pico y pala.

¿Cuántos kilómetros de papel se necesitarían para hacer una lista medianamente cercana a la realidad de los colombianos que han salido adelante gracias al trabajo humilde y esforzado de sus padres, de sus mamás cabezas de familia, de sus esforzados abuelos?

Obreros educados por vendedoras de empanadas que capotean la lluvia con plásticos… médicos hijos de taxistas con turnos infernales y el brazo izquierdo tostado por el sol… ingenieros de sistemas criados por abuelas que hacen tamales… soldados que jugaban con trocitos de madera en la carpintería del papá…

Me puedo quedar hasta que arranque Hora20 dando ejemplos que no necesitan nombre, porque este es un país hecho con esfuerzos y amores; una nación tejida por cosedoras; una patria edificada con pico y pala.

Por eso ayer a todos nos hirvió la sangre cuando un personaje de ingrata recordación le escribió en redes a Mábel Lara, mandándola a Cali a vender chontaduro. No creo que merezca de muchas neuronas un análisis de la frase, porque está teñida de clasismo, antipatía, elitismo y, además, sazonada con racismo.

Pero, sobre todo, se inscribe en esa vieja y deprimente tradición nacional de pararnos sobre nuestro ego y, henchidos de una perfección inexistente, señalar razas, oficios, etnias, orígenes y credos como inferiores a nuestra petulancia. Somos una tierra de gentes puestas en su punto por las hermosas mezclas de sangres y tradiciones negras, indias, españolas. Blancos somos si acaso en las descripciones de los documentos de identidad, que cuadriculan esa identidad que despreciamos y usamos para burlarnos de los demás.

Hay un montón de maravillas históricas en nuestro escudo, casi todas ellas perdidas en el tiempo pero que conservamos como recuerdo de nuestros albores nacionales, aunque tendría más peso la fila de nuestros símbolos un vendedor de chontaduro que una, perdonen la redundancia, cornucopia de la abundancia. Eso se los aseguro.

Nos insultamos empleando como referencia nuestros mayores orgullos: el tesón, la dedicación y el trabajo honesto. A ver si avanzamos en tarea de superar la estupidez y el prejuicio.

A ver si tenemos la mínima inteligencia de entender que no podemos usar como insulto las cosas que más orgullo deberían hacernos sentir.

 

 

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