Opinión

Maestro o profesor… En memoria de Jorge García Usta

Crónica de Fredy Antonio Machado López

A Jairo Parra Quijano y Nodier Agudelo Betancourt: maestros de maestros…

 

Siempre estamos estudiando: cuando no son talleres, cursos o simposios, son especializaciones o maestrías. Cosas de este mundo moderno y neoliberal.

 

Y, sin querer, siempre estamos evaluando a las personas encargadas de esas capacitaciones.

 

¡Ocurre que en unas oportunidades nos encontramos con profesores y en otras (! aleluya!, ¡bingo!, ¡eureka!, ¡coñooooo!), tenemos el privilegio de adiestrarnos con verdaderos maestros.

 

Los maestros son luz, los profesores son temor u oscuridad.

 

En esa búsqueda, lo definitivo para descifrar el perfil de cada uno de estos estilos de ejercer la docencia, está en las maneras como el maestro o profesor, encaran el mundo.

 

El maestro es en esencia un hombre fácil (es un “mente fresca” para los costeños…) y hace del conocimiento un asunto elemental. El es una de esas extrañas especies para quien no es descabellado compartir sus conocimientos con sus semejantes.

 

El profesor, en cambio, es un hombre complejo que no hace sino chicanear y descrestarnos con su sabiduría.

 

El profesor, a diferencia del maestro, no ama a sus discípulos pues siempre los mira como a unas personas limitadas, poco prácticas y condenadas a su suerte.

 

El maestro, en una postura honesta, limpia y valerosa, se brinda a plenitud y lo hace con suficiencia. El es un convencido del infinito potencial de sus semejantes.

 

Es esa la razón por la que el maestro no exhibe a sus discípulos y mucho menos entra a considerar la posibilidad de intimidarlos. El maestro entiende que cualesquiera de estas imperdonables groserías implican renunciar a su vocación pedagógica y evidencian en grado sumo su fracaso en su rol como educador.

 

Lo que excepcionalmente sí hace un maestro es desafiar a sus alumnos. Lo hace cuando tiene la intuición de que sus estudiantes podrán superarlo y aportar nuevos y mejores elementos de juicio a la ciencia.

 

En definitiva, y es el propósito de este parangón, ya es hora de empezar a admitir que buena parte de las causas de la crisis de la educación en Colombia, radica precisamente en que en las escuelas de enseñanza media y superior, abundan más profesores que maestros.

 

Y, aunque suene irónico, el problema en este caso no es de actitud sino de aptitudes. No hay nada que garantice que ser un excelente profesional sea sinónimo de ser un buen educador.

 

La mayoría de los profesores enseñan sin metodología alguna. Lo hacen para reafirmar su ego, para que se les reconozca su inteligencia superior o para fascinarnos con su desbordante experiencia. Sus clases o exposiciones son unos monólogos para camellos o dromedarios. Ellos, por más que se esfuercen nunca obtendrán el reconocimiento de “maestros” por sus alumnos.

 

El verdadero maestro dialoga, te hace crecer, te muestra la cima del éxito y te habilita un par de alas para que se nos haga fácil tomar vuelo, rumbo a ese destino.

 

El profesor (capaz de cambiar una nota por placer) nos hace pesimistas, nos brinda tristezas y al final, nos deja cabizbajos, pensando y pensando ¿qué será del destino de la humanidad?

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