Luis Miguel Palencia: el pintor de los rostros sonrientes

Se inspira en lo que ve, en lo que siente o en aquel anhelo que le evoca el pasado

“Hola, Artes Palencia, a la orden”, así contesta cuando necesitan de su servicio. Dice que lo hace para imprimir seriedad y profesionalismo a su oficio que aprendió de manera autodidacta, desde que empezó a observar el mundo y tuvo la posibilidad de palpar con sus dedos lo que le rodeaba.

 

Tiene 41 años de edad. Los mismos que ha permanecido en el barrio Lo Amador, su inspiración y hasta la razón de sus lágrimas. En el centro de su sala sobresale un gran cuadro que refleja la composición de su barrio hace 12 años, y que aún está sin terminar porque cada que viene a su mente un lejano recuerdo, lo inmortaliza con su pincel.

 

En la sala de su casa no hay televisor o un gran comedor. Está múltiplemente adornada por cuadros de variados tamaños, es diversa como su aspecto: un hombre moreno estatura mediana con rizos castaños, y ciertas iluminaciones, que caen sobre su rostro, quien luce una franela negra con una camisa abierta de flores, un pantalón tipo anti fluido color azul oscuro y unos mocasines color beige. Colorido pero simétrico.

 

Cada objeto en ese lugar tiene luz. Desde las sillas hasta los vasos hacen parte de la gran obra que es su vida. Pero no siempre fue así, empezó su carrera artística por afición y por curiosidad. Fue su amiga María Isabel Segovia, que estudiaba en la escuela de artes, quien le alentaba a seguir trazando sobre el lienzo sus ideas. Su primera obra fue un desnudo del desaparecido artista cartagenero Darío Morales, producto de una tarea que le habían colocado a su amiga María. “Quise ser osado y pinté las obras La Momposina y la Mesa de Cocer al óleo en un cuadro de grandes proporciones”, apunta.

 

El color de la alegría

 

Palencia trabajó en una ferretería donde aprendió a usar técnicas de pintura, preparar colores. “Eso me ayudó mucho, es una herramienta esencial. Yo nunca tengo en cuenta el formato o la técnica a la hora de pintar, es como me sienta o la inspiración del momento” cuenta Luis Miguel quien emplea el óleo y el acrílico.

 

En sus obras es recurrente observar lo que él ha llamado “rostros sonrientes” de personas afrodescendientes. Su arte expresa la alegría que representa sus antepasados. “Pinto “negros” porque hace parte de un color, es una contrapuesta, es parte de la colografía. He vendido alrededor de 45 obras que me han llevado a diferentes exposiciones”, agrega.

 

Palencia cree fervientemente en que a través del arte puede educar y crear conciencia, sembrar sentido de pertenencia por la ciudad. “De aquí a diez años me gustaría crear una corporación donde pueda trabajar y ayudar. Me gustaría dictar clases para darle oportunidad a los artistas nacientes”, relata.

 

De espaldas al Cerro de la Popa, con una vista privilegiada sobre la urbe cartagenera, Luis Miguel dibuja. Lo hace en las tardes cuando ya ha terminado con las labores del hogar y su mirada se pierde en el atardecer que siluetea al Castillo de San Felipe. Un sofá y una planta le acompañan en su faena, única e irrepetible como sus añoranzas: “Los sueños tienen piernas, solo tienes que aterrizarlos”.

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