HOMICIDIO DE UN SACERDOTE

En Venezuela mataron al padrino de los abuelos por robarle la comida

En Manizales, familiares del padre Diego Bedoya Castrillón, lamentan la muerte violenta de la que fue víctima el religioso y lo despiden con oraciones. Su cuerpo no podrá ser repatriado.

En Venezuela sepultaron en pleno jueves santo al sacerdote colombiano, que dos menores de 17 años asesinaron enplena semana santa, por robarle comida. /

“Al hermano Diego que es mi hijo adoptivo lo mataron por robarle comida. En Venezuela se están muriendo de hambre”, con ese relató doña Ligia Bedoya inicia explicando porque a su hijo, el padre Diego Bedoya Castañeda, de 35 años, lo asesinaron el pasado lunes dentro de su habitación en un ancianato del estado de Aragua en Venezuela.

El sacerdote misionero, que era oriundo de Sonson (Antioquia) y que tiene a la mayoría de su familia en Manizales, llevaba 16 años en el hermano país. Se dedicó a trabajar por los ancianos, dirigía el asilo y era quién velaba por el bienestar de cada abuelo que algún día quedó desprotegido por su familia, pero que encontró calor de hogar y amor del prójimo en el religioso antioqueño.

Ligia, su madre, está inmersa en un punto donde se encuentran varios sentimientos. La tristeza por la pérdida de un hijo, el dolor por no haber presenciado su sepelio, ya que los hermanos franciscanos tuvieron que sepultarlo en Venezuela porque fue imposible repatriar el cuerpo; la indignación porque vilmente apagaron su existencia y el orgullo de haber sido la madre de un hombre que dedicó su vida al cuidado de los más necesitados.

“Él nunca tuvo nada propio. Todo era del prójimo”, recuerda con nostalgia doña Ligia.

Apoyada en ese orgullo no desfallece, ni siquiera cuando relata la historia que el hermano Suso, otro sacerdote Franciscano, quien tomó las riendas de Diego, le cuenta cómo lo encontraron muerto y cómo fue que ocurrió el homicidio.

“Se cree que alguien conocido de él organizó para matarlo, para robarle comida porque el día antes habían llegado dos camiones con comida. En esa casa de ancianos eran cinco hermanos los que estaban con Diego. Al ver que él no se levantaba y no bajaba para ordenar todo en la mesa, porque él era quien dirigía todo en ese ancianato, los demás sacerdotes subieron al cuarto a ver qué pasaba. Lo encontraron muerto y estaba desangrado y degollado”, comentó Ligia la historia que le escuchó al hermano Suso.

El sacerdote Diego constantemente se comunicaba con su madre en Medellín y su abuela en Manizales. Dentro de las largas charlas que tenían, les contaba las dificultades que actualmente atraviesa Venezuela. Ligia narró que su hijo en una de las últimas llamadas, Unos ocho días antes de su muerte, le dijo que habían acabado de matar en la puerta de su casa a una persona que estaba robando en las tiendas. Que él con todos los viejitos habían corrido a meterse debajo de las camas, porque creían que los estaban atacando.

“Él me contó que allá no se consigue arroz, papel higiénico, crema dental, desodorante, leche para los ancianos. Allá no hay nada”, dijo la madre del religioso, quien complementó que su hijo era muy querido en esa zona de Venezuela y nunca antes habían ni siquiera intentado hacerle daño. Además varios de sus conocidos están preparando una marcha en son de protesta por su muerte.

Mientras Ligia relata la historia de su hijo, María Alicia la abuela fija su mirada en el piso y de repente saca un pañuelo para secarse las lágrimas que no pudo contener. Luego respira hondo y recuerda la última visita de su nieto a Manizales, en mayo del año pasado, cuando estuvo celebrándole el cumpleaños y le pidió que se cuidara porque él deseaba tenerla viva por muchos años. También recordó que aunque era el mes de madres, le prepararon natilla buñuelos y otros manjares, que son propios de las navidad y que al padre Diego le facinaban.

En la casa de María Alicia todos los familiares tienen algún recuerdo grato del hermano Diego. Su tía Luz Amparo narró la época en que años atrás la comunidad franciscana trasladó al sacerdote a España, dónde sólo alcanzó a estar un corto tiempo, porque los abuelos que él cuidaba en Aragua, recolectaron firmas y pidieron que lo devolvieran a ese ancianato. “Era muy grande el cariño que le tenían. Los viejitos ahora quedaron desamparados. Incluso al otro día de la muerte de Diego, los demás sacerdotes tuvieron que pedir para poder alimentarlos. Los dejaron sin el padrino y sin la comida”.

Los familiares de diego aseguran que su vocación por el sacerdocio y servirle a la comunidad nacieron con él. Desde pequeño siempre soñó con ser religioso.

“Él cogía las tapas de la cocina y hacía bulla jugando a la procesión. Siempre decía que cuando grande quería ser cura y así fue, lo cumplió”.

Sepultado en una tumba de Venezuela, a cientos de kilómetros de Manizales o de Medellín dónde están sus familiares, quedaron los restos del padre franciscano Diego Bedoya Castañeda, a quien en la casa de su abuela María Alicia le adornaron un altar, con sus fotos, varias estampitas de la virgen y algunas veladoras.

No pudieron despedirlo personalmente, pero como dice su madre “con oraciones se lo devolveremos a Dios para que lo tenga en su gloria”.

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