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Dos años después

¿Cómo contarle al mundo las contradicciones de la paz en Colombia? Reflexión del corresponsal del diario El País de España, Francesco Manetto

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Contar Colombia a un lector extranjero, americano y europeo, corre el riesgo de convertirse en un frustrante ejercicio de simplificación. Todo va mal o peor que antes; todo va bien o mejor que antes. No hay paz o en el país reina la paz. La realidad es que, cuando se acaban de cumplir dos años de los acuerdos con las FARC, la observación de lo que ha sucedido arroja sobre todo una gama compleja de matices. En los claroscuros se suele encontrar la versión más ajustada de los hechos, a veces de difícil explicación para quien no los ha vivido o sufrido. 

Dijo Héctor Abad Faciolince que “la memoria es importante, pero el exceso de memoria es muy tóxico”. Es una reflexión personal, basada en su experiencia. Sin embargo, parece un punto de partida razonable para convivir. Esa aspiración, una convivencia serena, todavía está en construcción en Colombia. No obstante, existen algunas premisas que, si se aceptan sin sectarismos, demuestran los enormes cambios experimentados en tan poco tiempo y pueden facilitar esa tarea. 

En primer lugar, el conflicto con las FARC terminó, es una obviedad aunque persistan en la confrontación política algunos reflejos más propios del pasado. El presidente Iván Duque arrancó su mandato en agosto y desde entonces no se han registrado actos violentos de la antigua guerrilla. Eso, claro, no quiere decir que el país haya acabado con la violencia. El Estado aún no se ha impuesto en algunas zonas rurales y, sobre todo, las autoridades todavía no han logrado contener el terrible goteo de asesinatos de líderes sociales. La implementación de lo pactado en La Habana afronta retrasos, obstáculos, hay señales muy preocupantes como la irresponsabilidad de Iván Márquez o El Paisa. Pero si se compara con la situación de Colombia hace cuatro o cinco años no hay nada que parezca imposible reconducir. 

Por encima de todo, la sociedad colombiana está cambiando, en buena medida ya ha cambiado, y con ella sus preocupaciones. Lo ha hecho probablemente con más agilidad que su clase política. El hecho de que la corrupción encabece la lista de las inquietudes de los ciudadanos es, en el fondo, una gran noticia pese al lamentable contexto que la produce. El sano impulso fiscalizador de la sociedad no tiene visos de pararse. Y dos años después de la firma del Teatro Colón, una gran mayoría de colombianos, más allá de las opciones políticas, ya está alentando la verdadera transición del país.

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