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Colombia y el efecto Bolsonaro

El discurso del candidato, que destila desprecio por la convivencia democrática, se enmarca en una tendencia, visceral y eficaz ante las urnas.

La proyección electoral de Jair Bolsonaro, que este domingo afronta como favorito la segunda vuelta de las presidenciales en Brasil, se debe, en buena medida, a las especificidades de ese país, al hartazgo de los ciudadanos frente a la corrupción o a la mala gestión económica. Pero el impulso del candidato ultraderechista no hubiera podido cristalizarse sin un discurso. Y ese discurso, que destila desprecio por la convivencia democrática, se enmarca en una tendencia, visceral y eficaz ante las urnas. “O conmigo o contra mí”, predica en última instancia esa estrategia. Bolsonaro la aplicó en campaña y, al menos de momento, no hay muchas pistas que inviten a vislumbrar un giro si gana las elecciones.

También es probable que -si se confirman los datos de las encuestas que vaticinan su victoria con un margen de entre 8 y 10 puntos frente al aspirante del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad- el próximo mandatario se adhiera a los mismos criterios en política exterior. Hace unos días llamó al presidente argentino, Mauricio Macri, para abordar las futuras relaciones. Su homólogo chileno, Sebastián Piñera, evitó las críticas señaló que “en lo económico apunta en la buena dirección”.

Iván Duque ha rechazado por ahora pronunciarse sobre los escenarios que se abren en Brasil más allá de algunos comentarios de cortesía sobre la oportunidad de colaborar con el Gobierno del país vecino. Pero, ¿cómo se comportará el presidente colombiano a partir del lunes? Aparte de la cordialidad diplomática, que no está en discusión al igual que cierta dosis de pragmatismo, cabe esperar que la oposición fiscalice con lupa esa relación, por lo que el trato con Bolsonaro puede repercutir en el clima político nacional.

En un contexto de normalidad geopolítica quizá no tendría mayor importancia al tratarse de líderes políticos de facto muy diferentes. Sin embargo, Colombia y Brasil comparten miles de kilómetros de frontera con Venezuela. El plan Duque consiste en internacionalizar la gravísima crisis del régimen chavista y la emergencia migratoria. El mandatario ha hablado del éxodo de millones de personas en Estados Unidos, ante Naciones Unidas, en Bruselas, en España, en Italia y con el Papa en el Vaticano. Pidió ayuda humanitaria para paliar el drama de los huyen en busca de oportunidades y recibió apoyo, verbal y en algunos casos económico.

El sucesor de Juan Manuel Santos trata, en definitiva, de asegurarse el respaldo de la llamada comunidad internacional mientras busca que Washington y la Unión Europea endurezcan las sanciones. Las hipótesis sobre las intenciones de Bolsonaro, que ha usado la situación de Venezuela como arma arrojadiza durante la campaña, son de momento eso, sospechas fundadas en sus declaraciones. A pesar de la visceralidad de sus pronunciamientos, este negó que planee una guerra con Maduro ni que vaya a cerrar la frontera del Estado de Roraima, por la que entran a diario cientos de personas.

Las circunstancias, por tanto, van a obligar a Duque a relacionarse con el próximo presidente brasileño para abordar esa crisis. Y la imagen de moderación que Duque quiere proyectar ante el mundo dependerá también de la prudencia de esa relación, si finalmente Bolsonaro se impone ante Haddad. 

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