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Un grupo de 8 niños y sus padres llevan 24 días caminando de Cúcuta a Tunja

A la 1 de la mañana tocan la puerta en el refugio del Espíritu Santo, en Tunja. Es un grupo grande, 15 personas, pero además con ocho niños.

Niños venezolanos en Tunja /

Los niños están entre los 15 y 10 años y hay una bebé de 9 meses. Es una familia completa, primos, tíos y hermanos que decidieron dejar Venezuela porque ya la desnutrición de los menores y las pocas posibilidades de conseguir alimento los desesperó. Una de la niñas con las que vienen, dicen, tiene siete años y pesa tan solo 18 kilos.

José Gregorio, el padre de cuatro de ellos, cuenta que tuvieron que salir de Cúcuta: "Estuvimos mes y medio en la parada, pero la situación allá se tornó difícil. Estábamos vendido café y arepitas y los policías -por lo mismo que muchos venezolanos están haciendo males allá-, nos quitaron los termos y las cajitas con arepa y decidimos venirnos”.

Llevan ya 24 días en ese recorrido, entre caminar, coger aventones, y pasar al menos por siete refugios que se encontraron en el camino. Los niños con poco abrigo y poca comida alcanzan a caminar hasta 4 kilómetros, cuenta.

"Lo que le hemos podido dar es pan, refresco o juguito, no han podido comer bien, por eso es que están más delgaditos porque no tenemos cómo darles", dice José Gregorio.

El destino será Medellín para su hermana y su cuñado si les confirman un trabajo, pero si no, van todos para Ecuador o Perú y por ello han procurado quedarse lo más poco que se pueda en cada parada, aunque entre el camino los niños les suelen pedir comida, incluso cuando van por lados donde solo es carretera y no tengan qué darles.

"Tenemos muchas ganas de llegar donde tenemos que llegar a trabajar y ir a buscar a mi mamá. Como tenemos 24 días ya, queremos que esto ya se termine y esto que nos falta porque de aquí a Ecuador, imagínese", dice.

José Gregorio habla de su mamá que dejaron en Venezuela, mientras su hija de 10 años, Osaris, recuerda que dejaron a su perro Príncipe, que tuvieron durante 12 años y se pone a llorar, pero después, la misma situación hace que se limpie las lágrimas y hable como si fuera grande.

"Es un mejor futuro para nosotros, para mi hermanita que está chiquita, para mis primas, me gusta compartir mucho con ellas y lo mejor es que estoy con mi padre y mi familia unida. (..) muy poca la comida, pero el resto es como una aventura", dice Osaris.

Para ellos no hay vuelta atrás, pues lo poco que dejaron en su casa se los robaron, según José Gregorio: "Dejé la casita mía que tenía con mi esposa, la dejé allá cerrada con los corotos y a los 15 días mi mamá llamó y dijo que en la casa se habían metido por la ventana, se habían llevado todos los corotos y la desvalijaron. Se llevaron hasta el techo".

La otra pareja viene de Margarita, hablan de lo cansados que estaban de comer pescado y de que no hay posibilidad de ningún trabajo en su país. La preocupación es si cerraron la frontera de Perú y si finalmente podrán sacar el pasaporte de su bebé en la frontera con Ecuador.

Any Uribe, la fundadora del refugio cuenta que entre las 200 y 280  personas que pueden llegar suelen haber entre 4 o 5 niño, pero "a veces nos hemos llevado sorpresas. Una vez nos han llegado hasta 15 y 20 niños. Cuando nos llegan niños la preocupación es que vienen caminando y expuestos a muy altas temperaturas, entonces llegan con hipotermias, con afecciones respiratorias que pueden pasar de moredas a severas".

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