Las trochas: El último kilómetro de infierno venezolano

Más del 80 por ciento de los migrantes ingresa a Colombia de manera ilegal por pasos improvisados manejados por mafias.

Caracol Radio

Los venezolanos salen de su casa desesperados por el hambre y la escasez, con algunos pesos en el bolsillo y una maleta con ropa, sin saber que lo más difícil no va a ser decirle adiós a sus hijos o dejar su casa para siempre sin saber si van a regresar; todavía les faltan 500 metros en los que la muerte los mira de frente y el miedo de ser deportados los acecha durante 10 minutos que parecen una eternidad.

Your browser doesn’t support HTML5 video

/ Daniel Sarmiento / Caracol Radio

El último tramo de Venezuela, donde ya huele a Colombia y está quedando atrás el drama de su país sumido en la miseria, es un camino digno de una película de terror, el sol a cuestas, 27 grados centígrados, un río que les da por las rodillas y decenas de caras desconocidas pidiéndoles que crucen rápido, no sin antes entregarles todas sus pertenencias o el poco dinero que ahorraron para la odisea.

Lea también: Venezolanos, del confort al rebusque, mendicidad y prostitución en Medellín

Caminos polvorientos, fango, manigua, basura, animales muertos, bandas criminales, contrabandistas, todo junto en escaso medio kilometro que se convierte en el último trecho del infierno para llegar a Cúcuta, donde tampoco tienen nada pero ya sienten que el aire es diferente y ver las tiendas llenas de comida les cambia el semblante, así sepan que no van a poder comprar nada y que lo que viene es caminar, dormir en la calle, aguantar hambre y esperar que la vida les sonría de nuevo para poder enviar algo de dinero a las personas que dejaron atrás.

Daniel Sarmiento/ Caracol Radio

“La trocha es muy dura, son 10 minutos pero uno no sabe si lo van a matar o si lo van a devolver, es mucha tensión y cruzar el río a toda velocidad, nunca me imaginé que me tocara pasar por esto … Yo no tenía dinero, me toco dejar mi celular, una olla que quería vender y mis cosas personales, el jabón, el champú, todo me lo quitaron, pero valió la pena, ya estamos del otro lado y vamos pa lante”, cuenta Beatriz, una mujer de 60 años, pescadora, que dejó en Venezuela a su esposo, tres hijas y seis nietos.

Lea también: El Páramo de Berlín, el paso obligado del que algunos no logran salir

“Nosotros somos cinco personas entre hermanos y amigos, uno que viene en silla de ruedas, fue muy duro cruzar el río, nos quitaron todo, hasta los cigarrillos, tuvimos que dejar los celulares, unas zapatillas, y correr sin saber que vamos a encontrar del otro lado, pero cualquier cosa es mejor a esperar a morirse de hambre en Venezuela” dice Felipe, un joven de 19 años que hace 6 meses pesaba 115 kilos y que hoy no pasa de 60.

“Uno llega allá y lo recibe una gente que nos pide plata y si uno no lleva plata pues empieza a sacar de la maleta lo poco que lleva, es un camino corto pero mientras uno avanza toca ir mojándole la mano a otra y otra persona para poder pasar, cuando sale a Cúcuta ya no tiene ni la mitad de lo que traía en la maleta”, cuenta entre lagrimas una joven de 19 años que tuvo que pasar con su hija de cinco años sobre los hombros.

Lea también: “En Cartagena, dormimos en el baño y nos turnamos el abanico”

Del lado colombiano hay una trocha a escasos 100 metros del puente internacional Simón Bolívar donde se encuentra el paso fronterizo legal.

Como hormigas, la proporción puede llegar a ser de 5 a 1 entre quienes pasan de manera ilegal y quienes entran con su pasaporte.

Para llegar a esta trocha es necesario ir acompañado de la policía o de un trochero y conforme se avanza se empiezan a ver personas de apariencia extraña con celular en mano avisando en clave que llegó la policía o que están entrando periodistas en la zona.

Una vez allí y ante la presencia de las cámaras, muchos venezolanos que venían cruzando decidieron retroceder, poner su maleta en el suelo y refugiarse en la vegetación a la espera de que nos fuéramos y la policía ya no rondara por el lugar.

“Uno no sabe cual miedo es más grande, si el de que lo coja a uno la policía o el de tener que regresarse a Venezuela… A uno ya no le importa la muerte porque igual quedarse en Venezuela es quedarse a morirse… No es cobarde el que se va de Venezuela, es cobarde el que se queda”, nos dijo un joven que tuvo que dejar en la trocha 4 dólares con los que pretendía comprar algo de comer.

Una vez en suelo colombiano recorren 300 metros hasta una cerca donde ya ha pasado el peligro y quedan por su cuenta para iniciar su travesía por Suramérica.

Con los zapatos y la ropa mojada, sudor en la frente y un par de lágrimas, empiezan un recorrido que no saben donde va a terminar.

La policía metropolitana de Cúcuta hace operativos constantes pero es imposible controlar el flujo migratorio, por falta de personal pero también por humanidad.

Los uniformados son incapaces en muchos casos de negarle la entrada a mujeres embarazadas, niños, ancianos enfermos que llegan a Colombia por las trochas con la ilusión de que sus vidas cambien.

El coronel Javier Barrera, explica que son 123 kilómetros de frontera solo en el área metropolitana de Cúcuta y que los últimos meses ya son más de 190 las capturas de estos “trocheros” que han sido identificados como integrantes del Clan del Golfo, Los Rastrojos y otras bandas delincuenciales locales como “La Frontera” y “Los de la Línea”.