La retórica que sostiene al régimen de Maduro

Francesco Manetto, Corresponsal de EL PAÍS, habla de las circunstancias en que Nicolás Maduro se sostiene pese a las dificultades en Venezuela

Francesco Manetto

El régimen de Nicolás Maduro no se sostiene. Debería haberse desmoronado hace tiempo por la catástrofe económica, la hiperinflación, la represión política, las violaciones a los derechos humanos y la falta de horizonte vital para millones de venezolanos. Detrás del andamiaje que mantiene en pie esa estructura no hay otra cosa que el ejercicio del poder, el control casi absoluto de la sociedad, empezando por el chantaje del hambre y el reparto de comida. El pueblo y la patria, dos de las palabras más empleadas por el chavismo, tienen en realidad muy poco, probablemente nada que ver con el Gobierno del sucesor de Hugo Chávez. Pero los engaños retóricos de la revolución bolivariana, que desde hace dos décadas apelan a las clases populares y a la identidad nacional, se instalaron en el imaginario colectivo y aún perduran en sectores importantes de la sociedad.

Maduro transmite en cada acto público mensajes que, pese a ser falaces, buscan tejer complicidades a través de la autovictimización. El supuesto atentado que el sábado interrumpió un desfile militar en la avenida Bolívar de Caracas llevó al mandatario venezolano a endurecer su ya habitual discurso contra el enemigo exterior. El tipo de acusaciones que lanzó solo pueden ser, en boca de un gobernante, un delirio o un asunto muy grave. En su caso suenan a delirio muy grave, sin muchos matices.

Resulta arduo creer que el dirigente chavista piense de verdad que el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, tenga alguna responsabilidad en lo que sucedió. Es más probable que se trate de una mera bajeza política, una mentira consciente y funcional a sus intereses. Pero el problema no es solo lo que Maduro piensa sino también lo que quiere que piensen los demás. Repetir cada día esa simpleza que pinta a la inmensa mayoría de la comunidad internacional, con Estados Unidos y Colombia a la cabeza, como enemigo de Venezuela deja rastro. Contar en cada aparición televisada la fábula de un mundo de buenos y malos, resistencia y presiones exteriores, contribuye a crear una imagen distorsionada de la realidad. En definitiva, aprovecharse de la buena fe de millones de venezolanos para proteger a un pequeño grupo de oligarcas muestra la terrible burla en la que ha derivado el régimen.

Basta pasar unas horas en algún sector popular de la capital para darse cuenta de que, a pesar del enorme descontento y a la creciente desconfianza, el chavismo conserva una base de apoyo. Sin embargo, ese respaldo no guarda ya relación, como en una democracia normal, con el trabajo del Gobierno. Se alimenta, en cambio, de la memoria de Chávez y de un discurso lleno de promesas y autocomplacencia, ilusorio pero eficaz, que es lo único que le queda al oficialismo para tratar de justificar su fracaso. Es un mero artefacto, un envoltorio como el Cuartel de la Montaña, donde los milicianos cuidan el mausoleo del expresidente fallecido en 2013. Pero mientras esa retórica siga teniendo altavoces, Maduro recurrirá a ella para perpetuar el espejismo de una revolución inexistente.