Colombia y la memoria

Francisco Manetto, periodista corresponsal en Colombia del diario El País, habla de los recuerdos que los colombianos tienen de los momentos violentos

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Hablar de Colombia hoy supone casi siempre un ejercicio de memoria. Conversar con un empresario de Bogotá, un escritor de Medellín, con un campesino del Guaviare o un líder social del Meta abre la puerta a un catálogo de recuerdos con más frecuencia que en otros lugares del mundo. A unos relatos, por supuesto personales y de distinta intensidad. En todos ellos, hay una experiencia llena de atropellos cuyas heridas acaban de cicatrizar o todavía no lo han hecho. Mirar al pasado puede ser una forma de negociar con él. Ocurrió en La Habana, durante las conversaciones entre el Gobierno y las FARC, donde de alguna manera se negociaba una versión de la historia. Pero sucede a menudo también en la esfera más íntima.

Para vivir en paz quizá haya que estar, primero, en paz con la memoria. Llegar a un acuerdo con el dolor, lo que a veces parece humanamente imposible, lejos de convertirlo en un mero asunto burocrático de reparto de culpas. La conversación pública de los últimos años ha girado en torno a palabras como justicia, perdón o resiliencia. Todas son necesarias para la convivencia, aunque cada una de ellas, por separado, probablemente no sea suficiente.

Dijo Héctor Abad Faciolince que la memoria es importante, pero el exceso de memoria es muy tóxico. La reflexión del autor de El olvido que seremos, que se publicó hace ya doce años, tiene coincidencias con la de un periodista italiano, que, en la misma época, a casi 10.000 kilómetros de distancia, reconstruyó la historia de su padre, un comisario de policía asesinado por el terrorismo de extrema izquierda en la Milán de los setenta. El libro de Mario Calabresi se titula Empujando la noche más allá y logra un equilibrio entre la recuperación de la dignidad de un hombre, que entonces fue injustamente desacreditado por una parte de la intelectualidad progresista, y la necesidad de pasar página.

Ese es el equilibrio, desgarrador, que transmite también una película recién estrenada en Colombia, Matar a Jesús, donde prevalece un sentimiento de resistencia, que no es una renuncia o una concesión, sino el impulso que permite vivir, convivir frente a la venganza y al odio. Precisamente, empujando, al menos un poco, la noche más allá.