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Política exterior y diplomacia en la era de Donald Trump

Frente a la OTAN, Trump finalmente, a regañadientes, se comprometió con el artículo 5 de defensa mutua

En estos nueves meses de gestación la política exterior de la administración Trump ostenta más prudencia que la manifestada en los trinos del mandatario y en las promesas de su campaña y hasta ahora ningún desastre, quizás algunos deslices.

Aun no había calentado su poltrona en la oficina oval cuando Trump cumpliendo una de sus promesas de campaña, retiraba a Estados Unidos del TPP -Trans Pacific Partnership- un mega-acuerdo comercial en ciernes lo cual privó a Washington de una carta para influenciar a los países de la muy convulsa región del Pacífico. Poco después cumpliendo otra promesa electoral Trump anuncia el retiro de Estados Unidos del acuerdo del cambio climático de París. A pesar del ruido que esta decisión causó, son pocos sus efectos sobre el acuerdo y sus provisiones, algo grises y sin compromisos medibles y sobre las políticas ambientales al interior de la Unión Americana muchas de las cuales son potestad de los Estados.

Frente a la OTAN, Trump finalmente, a regañadientes, se comprometió con el artículo 5 de defensa mutua lo cual no oculta los problemas estructurales que enfrenta la alianza, comenzando por su vigencia un cuarto de siglo después de terminada la guerra fría, la unidad de sus miembros y su capacidad de acción frente a las nuevas amenazas.

La política de “America First”, reflejada en un menor compromiso de Estados Unidos con las organizaciones internacionales ha creado un vacío que rápidamente es llenado por otros actores, léase China y Rusia, interesados en socavar los principios de la democracia liberal acrecentando su influencia en estos organismos. Diplomáticos chinos han accedido a la presidencia de importantes organizaciones como Interpol y la Unión internacional de telecomunicaciones y buscan la dirección de UNESCO.

Corea del Norte es quizás el mayor desafío que enfrenta Estados Unidos en el mundo y a la vista no parece haber una respuesta coherente, mas allá de los repetidos trinos amenazantes contra el régimen por parte del mandatario y otros desautorizando a su Secretario de Estado, quien pareciera estar trabajando en una solución diplomática a la creciente crisis. Sin embargo, esta “ambigüedad estratégica”, intencionada o no, mezcla de diplomacia y amenaza del uso de la fuerza podría dar sus dividendos y desactivar la crisis en un escenario donde no hay “soluciones buenas y en el que se requiere de un trabajo laborioso con China, Rusia y los vecinos para evitar una verdadera catástrofe en la península coreana. Una guerra además de la hecatombe humanitaria en vidas y destrucción acabaría con el orden internacional y sumiría a buena parte del planeta en una anarquía absoluta no deseada por nadie.

La misma ambigüedad que caracteriza la posición frente al acuerdo nuclear con Irán -JCPOA-. Mientras el presidente una y otra vez lo denuncia y está ad portas de descertificarlo -pasarlo al congreso para nueva evaluación-, miembros de su administración como el secretario de defensa lo defienden.

En el Medio Oriente la administración Trump ha actuado con prudencia y determinación. El control territorial del Estado Islámico llega a su fin tanto en Irak como en Siria gracias a la acción concertada de Estados Unidos y sus aliados en tierra. Sin embargo, la gran pregunta, sin respuesta aún, es qué pasa “el día después” en un vecindario con depredadores como Turquía e Irán buscando quedarse con los despojos del apocalipsis que han dejado las guerras en el Levante. El referendo independentista kurdo opuesto por tirios y troyanos, crea un nuevo frente de inestabilidad, lo menos que necesita la región por estos días.

Una de las promesas más vocales de Trump en su campaña fue lograr “un gran acuerdo” para el conflicto palestino-israelí. El neoyorquino y sus enviados especiales Jared Kushner y Jasson Greenblat han exhibido gran prudencia y paciencia en este loable propósito que se tornó en un pantano para las administraciones Clinton, Bush y Obama. Se han logrado pequeños avances en temas puntuales pero muy lejos se está de la solución definitiva que no se logrará en esta generación.

En América Latina, un asterisco en la política exterior de Estados Unidos, Trump se ha concentrado en Venezuela, Cuba y en menor escala Colombia. Frente a la dictadura de Maduro es patente la mano del departamento de Estado imponiendo sanciones a los adalides del régimen mas allá de los trinos subidos de tono del mandatario. Una vez más “ambigüedad estratégica”. La congelación de la relaciones con Cuba hay que verla desde el punto de vista de los electores de Trump en la Florida y los senadores republicanos enemigos de la normalización con la Isla. Frente Colombia a pesar de la amenaza por el aumento en los cultivos de coca, Estados Unidos necesita colaborar con Colombia por lo que no habrá tal descertificación. El NAFTA, otro de los temas recurrentes de la campaña electoral de Trump está en proceso de renegociación, pero Estados Unidos se ha estrellado contra la realidad que no puede simplemente dictarle sus términos a México y Canadá, dos mercados cruciales para las empresas norteamericanas.

El otrora poderoso Departamento de Estado esencial para diseñar políticas y suscitar reacciones en el ámbito internacional parece un “patito feo” en la administración Trump que ha centralizado en la Casa Blanca buena parte de las decisiones en política exterior. De ahí el apoyo desmedido de Trump al BREXIT, en contravía de 70 años de una política orientada a fortalecer la alianza entre Norteamérica y Europa como pilares del orden internacional basado en los valores de la democracia liberal, defensa de los derechos humanos, del libre comercio, de la libertad de expresión, el respeto al imperio de la ley, el multilateralismo y políticas humanitarias frente a los desposeídos del planeta.

Estados Unidos que cumplía el eje alrededor del cual el mundo giraba, la potencia esencial en cualquier lugar del planeta; conflictos, epidemias, desastres naturales, guerras, se atrinchera y deja vaciós que crean inestabilidad, anarquía y espacios para los aspirantes a suplir ese rol, ya sea China en el Pacífico, Irán y Turquía en Medio Oriente y Rusia donde vea oportunidades. El problema es que cayendo en “la trampa de Tucídides”, se podría estar gestando un conflicto épico entre las potencias emergentes y la que se parapeta, Estados Unidos de Norteamérica, cuando entienda que una potencia global no puede simplemente “empacar e irse”

Nueve meses en la administración Trump una palabra resume su política exterior: incertidumbre.

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