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Darío Arizmendi

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ESPAÑA LITERATURA (Crónica)

Cartas inéditas de la viuda de Arturo Barea arrojan luz sobre su vida y obra

Una colección de cartas de la traductora y periodista austríaca Ilsa Barea-Kulcsar cuando era viuda de Arturo Barea ofrece datos sobre la vida del autor de "La forja de un rebelde" y sus ideas literarias, así como de la propia Ilsa, quien difundió la obra de autores españoles en el extranjero.

Sevilla (España), 13 ago (EFE).- Una colección de cartas de la traductora y periodista austríaca Ilsa Barea-Kulcsar cuando era viuda de Arturo Barea ofrece datos sobre la vida del autor de "La forja de un rebelde" y sus ideas literarias, así como de la propia Ilsa, quien difundió la obra de autores españoles en el extranjero.

Se trata de siete cartas escritas entre 1958 y 1959, casi todas mecanografiadas, que conserva quien fue su corresponsal en la ciudad española de Sevilla (suroeste), Ignacio Darnaude, economista de 85 años, quien las ha cedido a Efe para su lectura y quien dice conservarlas a disposición de los investigadores.

Ilsa y Arturo Barea se conocieron en el Madrid sitiado de la Guerra Civil cuando ambos trabajaban en la oficina de censura de prensa extranjera, se enamoraron -él lo cuenta en su novela autobiográfica "La forja de un rebelde", excepcional retrato de la España de primeros del siglo XX, incluido el conflicto bélico (1936-1939)-, ella le acompañó al exilio en el Reino Unido, y no se separaron hasta la muerte del escritor en 1957.

Entre 1958 y 1959, Barea-Kulcsar traducía a Francisco Ayala y a Ricardo Fernández de la Reguera, mantenía contacto con Juan Goytisolo y Jesús Fernández Santos y escribía sobre Ramón J. Sender para el Times Literary Suplement, según cuenta en estas cartas.

También se refiere a "una colección de cuentos de Arturo" que está preparando "para una edición española ¡dentro de España!" y alude a los problemas que encontrará con la censura por incluir relatos sobre la Guerra Civil.

En febrero de 1959, Ilsa escribe que "una de las cosas que Arturo quiso escribir y nunca llegó a escribir era algo sobre el hambre sexual", lo que relaciona con una estancia prolongada de Barea en Estados Unidos, cuando el escritor confesó a su esposa que "perdería algo de su relación (no la unión, pero algo muy importante y raro), si se rindiera a las glándulas; era una lucha muy seria y desagradable".

Sobre su relación matrimonial, en otra carta, dice: "Lo hermoso era que en nuestro matrimonio nunca faltaba la tensión interna que mantenía el ansia de compenetrarse mutuamente. Dios, cómo nos peleábamos a veces... Todo aquello me ha dejado una sensación de calor y plenitud interiores que ni aun el frío de la muerte y soledad íntima han podido ahogar".

En carta de abril del mismo año abunda en su relación con Barea: "Arturo, afortunadamente, no tenía complejos de inferioridad por mi educación formal superior, ni por mi capacidad analítica, etc., pero él era tal vez la única solución para mí: un hombre entero, muy masculino, muy macho, más intuitivo que cerebral, y muy bueno, tanto que sentía en él una fuerza mayor que la mía".

En otra carta alude a la admiración de George Orwell por la obra de su marido: "Era uno de los primeros en Inglaterra para propagarla"; si bien reconoce que ambos eran "contrapuestos" y que "a la larga no habrían congeniado".

También habla de escritores que conocía, "desde (André) Malraux a Cyril Connolly" y en carta de agosto del mismo año describe al filósofo y escritor británico Bertrand Russell: "Es exactamente como en sus fotos: demasiado, diría, como si el hombre y la máscara se hubieran fundido: tiene ojos de diablo infinitamente serio y travieso, y está muy de acuerdo consigo mismo".

Sobre sus inmensos deseos de visitar España -a Darnaude llega a pedirle que si podría alojarse en un cuarto de su piso de Sevilla-, confiesa: "Ya sé que sería yo un bicho raro en España. Arturo siempre lo dijo".

Barea (1897-1957) nació en Badajoz (oeste de España), pero creció en el hoy céntrico barrio madrileño de Lavapiés y retrató como nadie la vida aquel arrabal de comienzos de siglo. Tras vivir y relatar, a través de la radio y bajo seudónimo la Guerra Civil en la capital española, murió exiliado en el Reino Unido.

Sus restos reposan hoy en Faringdon, donde autores de varias nacionalidades mantienen su lápida como homenaje a su obra. Ahora, estas cartas arrojan más luz sobre la vida de uno de los autores más interesantes de la literatura española en el siglo XX.