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Darío Arizmendi

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70 años de una Partición

La partición de la India y el nacimiento de Pakistán fueron el más nefasto legado del Imperio Británico, cuyas consecuencias reverberan hasta el día de hoy.

EFE

El 18 de Julio de 1947 el rey Jorge VI, monarca del “Reino Unido y sus dominios de ultramar y Emperador de la India” , sancionaba el decreto de “independencia de la India” promulgado semanas atrás por el parlamento británico, por medio del cual se particionaba el subcontinente indio en dos Estados independientes: India y Pakistán. Concluían así cien años de dominación directa por parte de Londres y trescientos años desde que la compañía inglesa de las Indias Orientales sembrara raíces en esas tierras que con el tiempo se constituyeron para la realeza británica en “la joya de la corona”.

La partición fue el resultado de la guerra fratricida promovida por los mismos británicos entre hindúes y musulmanes -divide e impera- la cual después de la segunda guerra mundial adquirió visos apocalípticos con enfrentamientos y masacres de lado y lado. Los musulmanes, liderados por Mohamed Ali Jinnah, con presencia en el subcontinente desde el siglo VII donde siglos después establecieron el gran Imperio Mogol aniquilado por los mismos británicos, exigían un Estado independiente, mientras que los hindúes liderados por Mahatma Gandhi buscaban a toda costa evitar la partición. En Agosto 14 y 15 de 1947 todo quedó consumado, se arriaba el “Union Jack” y Pakistán e India declaraban respectivamente su independencia.

Un millón de muertos en mutuas limpiezas étnicas y 15 millones de refugiados fue el resultado inmediato de la partición. Bengala y Punjab provincias con etnias y lenguas propias fueron divididas por fronteras trazadas por un abogado londinense Cyril Radcliffe, armado con regla, compás, datos y censos erróneos.

Pakistán quedó constituido por dos territorios separados por unos 2000 kilómetros y en 1971 tras una sangrienta guerra civil, Pakistán Oriental se separaría de Pakistán Occidental dando origen a Bangladesh como epílogo del fracaso de un proyecto de Nación mal concebido y peor ejecutado.

Cachemira, un Estado de mayoría musulmana con estatus especial durante los años de la dominación británica, decidió adherir a la India lo cual propició la primera guerra indo-pakistaní a la cual le siguieron otras dos. El conflicto de Cachemira sigue sin solución hasta el día de hoy y constituye foco de tensión permanente entre India y Pakistán países poseedores de arsenal nuclear.

A 70 años de la partición del subcontinente el desarrollo y evolución de ambos países desde entonces a la fecha no podría ser más dispar.

India es en la actualidad una potencia global, una nación segura de si misma, con un formidable desarrollo en los campos de las telecomunicaciones, informática, software, farmacéutica y espacial, potencia militar, con 600 millones de habitantes en su clase media, universidades tecnológicas de primer orden, un crecimiento económico en los años recientes superior al 8% anual, una democracia vibrante, un poder judicial independiente, libertad de prensa y envidiable situación geopolítica.

No todo es color de rosa sin embargo. Aunque con una significativa reducción en los últimos años, los índices de pobreza del país siguen siendo agobiantes. Según cifras del Banco Mundial el 40 por ciento de la población, unos 400 millones vive con menos de un dólar al día, el país posee uno de los mayores índices de malnutrición infantil en el mundo, un analfabetismo en su población adulta del orden del 30% y ocupa el lugar 131 en el ranking de índice de desarrollo humano de la ONU. India enfrenta la amenaza dual de una longeva insurgencia maoísta armada con presencia en 22 de los 29 estados y organizaciones terroristas islámicas apoyadas por Pakistán que han llevado a cabo mortíferos ataques con saldo de centenares de víctimas. A la rivalidad geopolítica y económica de India con China se agrega un diferendo territorial sin solución a la vista que causó una guerra entre las dos potencias asiáticas en 1962.

La República Islámica de Pakistán por su lado es un Estado con gran fragilidad institucional producto de una sucesión de corruptos gobiernos militares y civiles, azotada por múltiples grupos radicales islámicos que además de operar en su interior contra el Estado y minorías étnico/religiosas desestabilizan naciones vecinas especialmente Afganistán e India. Pakistán enfrenta una revuelta secesionista en la región de Baluchistán y en las montañas de Waziristan en la frontera afgana, tierra de nadie con Dios y sin ley, germinan grupos yihadistas de todos los pelambres. Aunque la economía ha experimentado un importante crecimiento en la última década, alrededor de 6% anual, su índice de desarrollo humano es de los más bajos del mundo. Desde 2008 Pakistán ha gozado de gobiernos democráticamente elegidos aunque a la sombra de los militares, la más poderosa institución del país, siempre “respirando en la nuca” a los gobiernos civiles.

En 1918 un pequeño y frágil hijo de la India se levantaba contra el imperio británico con su filosofía de la no violencia la que años después causaría al colapso de ese poderoso imperio. Sin embargo a los pocos meses de obtener India a su independencia Mohandas Karamchand Gandhi era asesinado por un ultranacionalista hindú y su sueño de una India unificada y pacífica moría con él.