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La sin salida coreana

La supervivencia del régimen se fortalece más con una “inminente guerra” que con una paz cualquiera.

El conflicto en la península coreana por el programa nuclear y misilístico del Norte no tiene salida alguna, no por lo menos la esperada por Estados Unidos y sus aliados en la región.

Y no la tiene porque no hay nada que se le pueda ofrecer al régimen comunista de Pyongyang lo suficientemente atractivo para que abandone su programa nuclear, excepto aceptarlo que es precisamente los que occidente no quiere.

Las amenazas y las sanciones al régimen han tenido un efecto contrario al deseado: acelerar más a las autoridades norcoreanas en su programa, en sus ensayos y en sus provocaciones.

La supervivencia del régimen se fortalece más con una “inminente guerra” que con una paz cualquiera y el régimen puede llegar hasta las más funestas consecuencias para mantener esa amenaza externa viva así su población tenga que pagar el costo como ocurre ya hace décadas.

La escalada retórica de Trump, el envío del grupo de portaviones Carl Vinson a la península coreana y la visita del vicepresidente Pence están orientados a poner presión tanto a Corea del Norte como a China, obligar a Beijing a usar todas las herramientas en su arsenal diplomático y económico contra Kim Jong Um, aunque queda la duda de qué tanto puede China afectar la política del Norte. Corea del Sur que sería la gran víctima de una posible guerra se ha mostrado más beligerante contra su vecino que en el pasado mientras que Japón bajo el gobierno de Shinzo Abe está sustancialmente intensificando su preparación militar y reforzando su armamento para una posible conflagración.

No es la primera vez que las tensiones llegan a este nivel, ya había ocurrido durante los primeros años de la administración Clinton cuando aparentemente esta consideró un ataque preventivo contra las instalaciones nucleares coreanas.

Sin embargo a diferencia de entonces Corea de Norte hoy posee armas atómicas, misiles de corto y mediano alcance y predisposición a usarlas. Una guerra total significaría el fin del régimen de Corea del Norte pero el costo en vidas humanas y económicas sería colosal llevando quizás la peor parte Seúl a pocos kilómetros de la frontera común y al alcance de los miles de piezas de artillería que le apuntan desde el paralelo 38, por no mencionar un posible ataque con armas atómicas, el primero después de la segunda guerra mundial.

En caso de estallar una guerra Estados Unidos tendría que actuar con la mayor celeridad y potencia para “neutralizar” al régimen antes que cause “demasiado” daño, mientras que China no se quedaría de brazo cruzados y actuaría en defensa de sus intereses. La guerra no es inminente pero tampoco descartable.

Para evitar el escenario apocalíptico de una guerra en la península coreana surge el interrogante: ¿Cómo apaciguar a Corea del Norte? ¿Qué se le puede ofrecer por parte de la comunidad internacional para que suspenda su programa nuclear y sus recurrentes ensayos y provocaciones? ¿Qué es lo que quiere Kim Jong Um?

No hay una respuesta clara a los interrogantes planteados, pero es altamente dudoso que el régimen esté dispuesto a echar para atrás sus avances en materia nuclear por lo que habría que aceptarlo como “miembro del club”, lo cual sin duda haría que otros países, Japón para comenzar, hagan lo propio con lo que el Tratado de no proliferación sufriría un golpe de gracia.

Otra concesión que podría exigir Corea del Norte sería levantar las múltiples sanciones de las que es objeto a cambio prácticamente de nada, mandando el mensaje que “portarse mal paga”.

Si alguna vez se pensó que la península coreana podría avanzar hacia una reunificación estilo Alemania o Vietnam, la posibilidad de que esto ocurra en esta generación es prácticamente nula y pasa por el derrocamiento de la dinastía Kim y sus áulicos lo cual no ocurrirá desde adentro pues cualquier mínima oposición es severamente castigada. Tendría que venir de afuera y las experiencias al respecto han sido poco menos que alentadoras.

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