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Darío Arizmendi


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Oneida, el rostro de las víctimas que buscan tierra para seguir viviendo

El 40% de solicitudes que recibe la Unidad de Restitución de Tierras, provienen de mujeres.

Colprensa

En su silla parece una niña pequeña de 10 años. Se mueve, cambia de posición y juega con sus manos. No es un asiento con ruedas y si las tuviera estoy seguro que no tendría cuidado en dar vueltas mientras la entrevisto. Se llama Oneida Albán. Aunque su mirada es dura y seria y su rostro tiene impreso la sabiduría de los rasgos indígenas, puedo darme cuenta de que es tímida y, más aún, temerosa de los demás, como un cachorro que ha confiado y siempre termina herido una y otra vez por piedras y palos que le lanzan las personas. Me mira, duda y no se atreve a apretarme la mano fuerte cuando me presento. Sus manos son pequeñas y gruesas y se nota que las dedica a trabajar la tierra. Siento que no está cómoda. 

Nació en La vereda la Victoria, en el municipio de El Tablón de Gómez, del departamento de Nariño. No pensé que un pueblo pudiera tener un nombre separado en 4 palabras diferentes. La señora Oneida es claramente una líder. De pie, entre las mujeres que como ella perdieron sus casas y sus viviendas por la violencia que dejó el conflicto armado, toma el micrófono con buena oratoria. Se nota que ha practicado ese ritual y con la voz fuerte va diciendo las cosas sin filtro. Habla y sus compañeras la ovacionan. No mueve las manos, lleva los hombros abajo y casi mira al piso pero aun así, sus palabra son claras y sus exigencias contundentes. “Lo que pienso es que las mujeres tenemos que empoderarnos. Yo antes, por ejemplo, no podía hablar en público y ahora estoy aquí parada delante de todos ustedes porque me di cuenta de la verraquera que tenemos nosotras”. 

Lo primero que decido preguntarle para romper el hielo es sobre los hechos que la hicieron feliz en su infancia y con crudeza me responde que fueron muy pocos. “Yo no pude acabar de estudiar, hice hasta quinto de primaria y viví en un ranchito de paja que tenía mi papá. En total éramos 8 hermanos. En mi casa había mucha pobreza y no tenía ratos libres. Como fuimos tantos, tuvimos varias responsabilidades y mi mamá nos enseñó que uno tenía que barrer, otro traer la leña y a mí me tocaba ayudar a cocinar, lavar y estar pendiente de mi hermanito. En mi casa siempre el tema de la cocina nos tocó a las mujeres, a las tres hermanas, y mi papá era muy duro. No se podía decir nada ni hablar ni contestar y también maltrataba a mi mamá”.

El gobernador de Nariño, Camilo Romero, dice que las personas creen que su departamento hace parte de Ecuador y no de Colombia y una de las razones es el acento de los ciudadanos de ese lugar del país. Oneida es la confirmación de esa teoría. Su acento es marcadamente pastuso y es verdad que por la frontera la forma de hablar no se distingue fácilmente, aunque los nariñenses, por lo menos algunos como doña Oneida, siguen considerándose colombianos. 

La señora Albán me dice que a ella le gustaba estudiar, pero sus papás solo pudieron ofrecerle educación hasta quinto de primaria, luego decidió escapar de su hogar. “Nos pegaban, nos gritaban y por eso yo me fui de mi casa. En ese tiempo no había transporte y me acuerdo que para que mi papá no me viera me fui escondida en unos bultos de alberja en una chiva. Tenía 12 años, cogí el vestido de mi primera comunión y con eso me fui porque no tenía nada más. Ahí llegué a Pasto y me encontré con una amiga que me ofreció trabajo y comencé en el servicio doméstico”. 

Ahora podría considerarse que emplear a una niña de 12 años para que limpie y haga la cena se trataría de un delito establecido en el código de infancia y adolescencia como trabajo infantil, pero en ese entonces quizá la situación era diferente. En todo caso Oneida asegura que lo que no encontró en su casa, lo halló con esa familia que decidió acogerla en su hogar. 

Dice que el choque de vivir y criarse en el campo y luego llegar sin acompañamiento a una ciudad a ganarse la vida es muy duro. “Yo no sabía ni como cruzar una calle. Todas esas avenidas llenas de carros me asustaron”. 

Su voz tiembla con cada respuesta y las lágrimas no las oculta. “Mis papás eran muy conservadores, ellos estaban bravos todo el tiempo, no nos dejaban salir”. Termina esa frase y entonces a Oneida se le escapa una revelación que me deja asombrado. “Hasta ahora que tengo 39 años no conozco una discoteca”. Le pregunto si quisiera tener la experiencia, si a veces cuando está en Pasto o en Bogotá no se le ocurre pegarse una escapadita y responde que no tendría sentido porque nunca aprendió a bailar. 

Ya más adelante en la conversación llega el quiebre. Su desplazamiento se dio en el 2003, no perdió a ningún ser querido, no tuvo que buscar los restos de sus hijos o de sus hermanos y tampoco fue torturada, pero la obligaron a abandonar una extensión de sí misma. “Nosotros estábamos en la casa. Yo vivía con mi esposo y mi hijta de 7 años y estaba embarazada de 8 meses. El desplazamiento fue como en abril en Semana Santa y estaba esperando tener el niño en mayo. Yo vivía bien abajo en una orilla y cerca de mi ranchito había otra casa abandonada. Un día nos dimos cuenta que ahí había gente vestida de verde y pensábamos que era el Ejército, pero cuando pasaban cerca de la casa vi a una señora que llevaba una pañoleta roja en la cara. Yo vi que era mujer porque cuando iba pasando se le cayó la pañoleta y vi su cabello y ahí yo le dije a mi esposo: no son del Ejército, son de la guerrilla”. 

 

Oneida dice que lo único que pudo coger para irse fue un par de chancletas, las cédulas y algunas toallas para cubrirse del frío. “Tomamos la decisión de irnos porque se enfrentaron. A las 6 de la tarde empezaron las balas, luego fue un cilindro grandote que pensaban tirar en la cabecera municipal, pero Dios no permitió que llegara porque en El Tablón hubiera pasado algo muy grave. Las balas nos pasaban por encima. Nosotros nos fuimos a la vereda La Victoria y nos quedamos en una casa y nos asustamos porque hasta ahí se escuchaban las ráfagas y pensamos que nos iban a llegar los famosos sombreros chinos, que eran una especie de bombas que tiraban. Yo le doy gracias a Dios porque al menos estamos vivos para seguir luchando”. 

Hace 6 años se creó la ley 1448 de 2011 radicada por el Gobierno Nacional. En ella se establecía la obligación del Estado para restituir material y jurídicamente los predios que habían perdido los ciudadanos por razones del conflicto. Allí, por primera vez se reconoció un conflicto interno, a una contraparte que no había podido ser eliminada, y a las víctimas. Actualmente según, el director de la Unidad de Restitución de Tierras, Ricardo Sabogal, desde la puesta en marcha de la ley, han logrado ser restituidas alrededor de 6.000 mujeres. El Acuerdo de Paz con las Farc planea formalizar 7 millones de hectáreas para que los campesinos puedan trabajar en mejores condiciones. 

Albán es una de esas miles de mujeres que recibió un lugar para vivir por su desplazamiento. Dice que tuvo hijos muy pequeña. “Tengo 4 hijos, el primero lo tuve cuando tenía 15 años y mi hija tuvo ya otro bebé a los 17. La verdad es que yo no le deseo a nadie lo que me pasó a mí. Tener que dejar el lugar en el que uno vive para arrumarse donde lo reciban a uno es muy duro”. 

Luego, para poder llevar el pan a la casa Oneida empezó a trabajar en un laboratorio de amapola. Dice que lo único que hizo fue cocinar la comida para los trabajadores y asegura que es una realidad inocultable el hecho de que en las regiones muchas veces no hay nada más que hacer para poder llevarles la comida a los niños. “Yo trabajé ahí 2 años y juré nunca más volver”. 

Se nos acaba el tiempo, Oneida ya me contó una gran parte de su vida y ahora la siento mucho más en confianza que cuando iniciamos la conversación. Se ríe un par de veces y me dice, para terminar, que lo único que desea en la vida, además de cultivar café en la parcela de tierra que le entregó el Estado, es seguir ayudando a las que como ella, se vieron obligadas a sufrir situaciones muy duras en una vida que hubiesen querido que fuera diferente, menos traumática, menos violenta.