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Telescopio Global

Seis años del apocalipsis árabe

De unas protestas pacíficas de unos maestros mal pagos, se pasó a una guerra de unos niveles de salvajismo.

Guerra en Siria

Guerra en Siria / EFE

Se le denominó en su momento “la primavera”, despertó grandes esperanzas en la población y la admiración del planeta, temblaban longevos dictadores, una nueva era se abría pasó en el mundo árabe. Sin embargo, seis años después de que las masas salieran a las calles a exigir el cambio en sus estancados, corrompidos y autocráticos regímenes, a demandar libertad y reclamar un futuro, la situación con la notable excepción de Túnez, cuna de las revueltas y en menor escala Marruecos, no podría ser peor.

Sobre el mundo árabe cayó el apocalipsis, un cataclismo de dimensiones bíblicas del que no se avizora salida alguna. Las imágenes de “la primavera” son ciudades destruidas, niños aterrorizados, cadáveres apilados, edificios y casas en ruinas, decapitaciones, refugiados ahogados en las aguas del Mediterráneo o tras alambradas de púas en fronteras europeas y señores finamente ataviados en conferencias de paz que no producen nada.

Siria escenifica por encima de todo la hecatombe árabe. De unas protestas pacíficas de unos maestros mal pagos en la ciudad de Dera reprimidas a bala por el régimen de Bashar al Assad, se pasó a una guerra de unos niveles de salvajismo que ingenuamente se pensaba que no podrían ocurrir en pleno siglo XXI. Siria se convirtió en el agujero negro del sistema internacional al interior del cual fueron succionados sin piedad principios y valores que la humanidad ha tratado por décadas de implantar. Cuando uno de los países, miembro permanente del Consejo de Seguridad, ente responsable de la paz y seguridad mundial, se ensañó con sus cazas con la milenaria ciudad de Alepo convirtiéndola en polvo, asesinando a miles de ciudadanos indefensos, solo para obtener un logro geopolítico, murió la mal llamada comunidad internacional, la responsabilidad para proteger y el respeto a la vida de niños, mujeres y ancianos. Bashar al Assad, con 500.000 muertos a cuestas, 12 millones de desplazados, seis millones de refugiados que languidecen en campos en Jordania. Líbano y Turquía y su país en ruinas, sigue en Damasco ostentando el título de “presidente” de un país que ya no existe, gracias a sus cómplices rusos e iraníes que lo han mantenido en su trono, como símbolo de infamia de la humanidad toda. En las últimas de cambio apareció también la Turquía de Erdogan, victima igualmente de la primavera árabe, como ave carroñera a ver con que pedazo del cadáver se queda, enfilando su artillería contra los kurdos sirios, de los pocos héroes reales que ha producido esta historia. La guerra en Siria no ha acabado. El Estado islámico aún controla buena parte del territorio incluida Raqqa “la capital del Califato” la cual caerá próximamente una vez se decida quien se va a quedar con qué. Sin embargo las atrocidades de ISIS palidecen frente a las que ha cometido el régimen, sus áulicos, sus patrones rusos e iraníes y la “coalición internacional” liderada por Estados Unidos. Esta página sigue abierta y mucha más sangre será derramada.

No menos trágica, aunque sin el cubrimiento mediático sirio, es la tragedia que sufre Yemen, el más pobre de los países árabes en el que la ley de Murphy hace carrera. Si la situación en ese país siempre fue mala, la primavera con sus multitudinarias protestas pacíficas que abrió la esperanza de un cambio tras 33 años de gobierno de Ali Abdulah Saleh, lo que sufre hoy ese atribulado país es una completa calamidad y una demostración de la hipocresía que ha capturado al sistema internacional. Los aviones de guerra de Arabia Saudita, un Estado que funge de honorable con sus octogenarios monarcas, completan dos años de bombardeos indiscriminados contra un país que nunca los atacó, sólo porque unos rebeldes shiitas yemenitas pro-iraníes ocuparon la capital y buena parte del territorio. Otra guerra sin final a la vista en que el sistema internacional, rehén de los petrodólares saudíes ha ignorado la infame carnicería que ahí se lleva a cabo.

Libia durante las cuatro décadas que estuvo regida por el coronel Muhamar Gadafi, no era un dechado de libertades individuales, pero era una nación prospera y estable. Estalló la primavera, las protestas populares reprimidas a bala por el régimen, llegó la OTAN, derrocó a Gadafi y se fue dejando al país sumido en el caos. Libia es hoy un “Somalia en el Mediterráneo” un territorio sin Estado controlado por variopintas milicias árabes con innumerable conflictos locales sin posibilidad que un futuro próximo vuelva a tener semblante de Estado organizado.

Irak país que ya sufría el caos y la anarquía producto de la desastrosa invasión americana en 2003, fue succionado a la guerra en Siria con consecuencias catastróficas. Los kurdos ya tienen su cuasi-Estado independiente y en el norte se han unido con uno de los enclaves que han establecido los kurdos sirios. La guerra fratricida entre sunitas y shiitas que arreciaba en Irak desde la caída de Hussein se desplazó también a Siria. La frontera entre los dos Estados, producto de los acuerdo Sykes-Picot de hace un siglo dejo de existir, arrasada por los buldóceres del estado Islámico – ISIS-, organización que llegó a controlar unos 40 mil kilómetros cuadrados contiguos entre los dos países. La expulsión de ISIS de sus dominios en Irak; Tikrit, Ramadi y Faluya, ha sido sangrienta, ha generado muerte y desplazamiento masivo y dejado las ciudades en ruinas. La guerra por la “recuperación” de Mosul segunda ciudad de Irak, llevada a cabo actualmente por el ejército iraquí, la coalición americana y milicias shiitas pro-iraníes sedientas de venganza contra los sunitas, completa medio año, con la consabida destrucción y desplazamiento masivo de sus habitantes. Irak representa otro pilar de la tragedia que sacude al mundo árabe.

Túnez y Egipto fueron los dos países donde se inició la primavera árabe. El primero ha seguido un encomiable proceso de institucionalización con respecto a las libertades individuales y un sistema democrático que es de esperar se mantenga en tan difícil vecindario. Egipto por su lado dio un giro de 360 grados y volvió al punto inicial con los militares en el poder.

La esperanza de millones de ciudadanos de los países árabes por un mundo mejor, de libertad, prosperidad, educación y esperanza, naufragó en una primavera secuestrada por grupos radicales y presa de un épico conflicto entre el Irán shiita de los ayatolas y las monarquías sunitas del golfo encabezadas por Arabia Saudita. Un escenario de Estados colapsados, guerras sin fin, destrucción por doquier y sociedades arrasadas. En palabras del importante pensador y columnista árabe Hisham Melhem: “La civilización árabe ha colapsado. No se recuperará en esta generación”.