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TÚNEZ ANIVERSARIO (Crónica)

Túnez, el peligro de una revolución que comienza a palidecer

"Económicamente, la situación no ha ido a mejor. Hubo intentos, pero dado el gran número de parados no ha habido resultados tangibles... por eso el movimiento de protesta continua", afirma Mohamad Miraoui, secretario general del poderoso sindicato tunecino UGTT en la región minera de Gafsa.

Gafsa (Túnez), 14 ene (EFE).- "Económicamente, la situación no ha ido a mejor. Hubo intentos, pero dado el gran número de parados no ha habido resultados tangibles... por eso el movimiento de protesta continua", afirma Mohamad Miraoui, secretario general del poderoso sindicato tunecino UGTT en la región minera de Gafsa.

En el corazón de la Túnez industrial, lugar en el que estallaron las huelgas y protestas de 2008 que anticiparon las ahora fallidas "primaveras árabes", el ritmo de la vida es pausado.

Las terrazas de los cafés están ya plagados de jóvenes amarrados a una humeante taza pese a que apenas son las 10.00 de la mañana y en los mercados -donde el pollo es un bien de lujo- las mujeres llenan las cestas con escasas viandas.

"Es cierto que las protestas han disminuido ligeramente en los últimos tiempos debido, sobre todo, a que los parados conservaban la esperanza de que el Estado crearía oportunidades", explica Miraoui a Efe.

"Esto no va a terminar hasta que los parados logren soluciones. Y si continua así, tenga por seguro que apoyaremos cualquier otro movimiento de protesta social" como el que acabó con la dictadura de Zinedin el Abebin Ben Ali, advierte.

La imagen de Gafsa -núcleo de la industria de fosfatos, una de las principales riquezas del país- y las palabras de Miraoui -cuyo sindicato fue clave en la vertebración de protestas de 2011- se repiten a lo largo de todo el país.

De poblaciones rurales como Sidi Bou Sid -lugar en el que estalló un movimiento que se contagió enseguida a la mayoría de los estados árabes- a los deteriorados barrios de clase media de la capital, el sentimiento es el mismo.

Domina la sensación de que aquella algarada popular que asombró al mundo palidece, víctima del yihadismo, la crisis económica y la falta de voluntad de llevar hasta el final las reformas políticas y sociales de unas autoridades de nuevo envueltas en luchas intestinas por el poder.

Y de que muy probablemente sea necesario volver a la calle para exigir de nuevo dignidad, derechos y justicia social, pese a que también se percibe que, casi con total seguridad, la respuesta del gobierno será esta vez contundente.

"El país está en llamas. Hay protestas y huelgas todos los días y en todos los sectores, aunque ahora hayamos dejado de ser mediáticos y el gobierno venda una imagen de progreso y recuperación", explica a Efe Rami Sghair.

"Si no ha habido un estallido es porque los dirigentes han sabido desconectar las redes de solidaridad y activismo en los pueblos que permitieron una acción coordinada", argumenta Sghair, uno de los jóvenes que en 2011 lideraron las protestas desde la sentada en la Kasbah.

"No hay duda de que habrá una segunda intentona, aunque su naturaleza será distinta. En estos seis años hemos aprendido y tenemos más experiencia", subraya.

Sindicalistas, intelectuales y defensores de los derechos humanos coinciden en apuntar que el auge del yihadismo -que en 2015 segó la vida de 72 personas, 60 de ellos turistas extranjeros-, es fundamental para entender el fragilidad y la inestabilidad del Túnez de hoy.

Los ataques -perpetrados por terroristas locales procedentes de Libia- hundieron el turismo, una de las industrias nacionales esenciales, e instalaron una atmósfera de inseguridad que ha espantado a los inversores.

Una amenaza que persiste: en 2016, un grupo de fanáticos armados trató -sin éxito- de conquistar la ciudad meridional de Ben Guerdan; yihadistas locales resisten aún al Ejército en las montañas vecinas a Argelia; y el país lidera la lista mundial de ciudadanos adscritos a movimientos radicales violentos.

Pero también subrayan que la mayor parte de los problemas provienen de la falta de valentía del gobierno a la hora de buscar fórmulas que permitan emprender las necesarias reformas sin tragar la receta de austeridad y precariedad que exigen el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Y del frenazo dado a la transformación social y política con la excusa de la lucha contra el terrorismo

"No olvidemos que este país vive en estado de emergencia desde el último atentado" perpetrado en noviembre de 2015, lo que ha supuesto "un recorte significativo de los derechos y libertades conseguidos", recuerda Al Sghair.

Esta semana, el director de la comisión electoral, Shafik Sarsar, advirtió del impacto que puede tener la penúltima de las piedras en este espinoso camino: el nuevo aplazamiento de las elecciones municipales, pendientes desde que estallara la revolución y que son claves para una verdadera transformación del país.

"Túnez se destacó (gracias) a su parcial éxito en la transición y es inaceptable que esta marcha hacia la democracia haya sido cercenada. Todo está bloqueado, estamos perdiendo una oportunidad histórica", avisó.

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