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Proceso de paz con las FARC
Manos a La Paz

Jhair, el hombre que cambió el mar por las ruinas de la guerra

Dejó temporalmente las comodidades de Cartagena para internarse en pueblos apartados de Antioquia, palpar de cerca las secuelas de la guerra y hacer pedagogía de paz.

Asomado por las ventanas del carro de las Naciones Unidas, Jhair Nieto se estremecía. Cruces de madera, rosas plásticas, obituarios al lado y lado de una carretera polvorienta y adornada con casas destruidas e impactadas por balas, le daban la bienvenida. ‘Granada’ leyó en una valla desgastada, un municipio de Antioquia que conserva los residuos, las ruinas del 2000 cuando las Farc lanzaron una bomba que destruyó medio pueblo. 16 personas murieron. Otro tanto quedó gravemente herido. Un resto más vive para contar su historia y narrar que en la entrada los difuntos, metros bajo tierra, fueron testigos de un hecho atroz y exterminable mentalmente.

Uno de sus acompañantes dentro del auto se atragantó en saliva, observó las huellas del desastre y narró cómo hombres de las Farc, veinte años atrás, lo detuvieron sobre la carretera. Lo hicieron bajar y le perdonaron la vida porque era psicólogo y lo necesitaban. Otro de los acompañantes corrió con la peor suerte. Lo asesinaron.

A los mismos guerrilleros, o sus descendientes de las Farc que amagaron con desaparecer el pueblo, tuvo en frente Jhair Nieto, de 27 años, un estudiante de último semestre de Derecho de la Corporación Universitaria Rafael Núñez que cambió durante seis meses sus noches cartageneras, su brisa del mar costeño, por botas pantaneras, una pizarra y marcadores acrílicos donde recorrió varias zonas de Antioquia, entre ellas, Granada, explicando cómo avanza el proceso de paz con las Farc.

Y lo hizo sin mayor problema. El abogado se paraba frente a los tableros y con dibujos, ejemplos, historias, ponía a pensar a sus estudiantes. Los reinsertados de las Farc, los más expectantes, los más disciplinados y quienes más conocían del proceso.

“Con ellos la catedra era muy política, conocían los acuerdos, pero no creían que fuera realidad, seguro por lo que habían vivido. Algunos eran retadores”, recuerda el jurista, quien reconoce la experiencia lo maduró, lo volvió sensible y crítico.

La propuesta de las Naciones Unidas para el Desarrollo petrificó momentáneamente a Jhair en febrero de este año. En un salón, en medio de 21 estudiantes de tres universidades, recibió la noticia. “¿Acepta recorrer zonas apartadas de Antioquia hablando de paz?”, le preguntaron. Y después le informaron: “su destino: Medellín”.

Nieto se asustó. Corrió a su casa y advirtió a su madre, quien le pidió que se cuidara y lo santiguó. “Pensaba en las pandillas, las Farc, el narcotráfico. A Medellín la tenía como la ciudad más peligrosa”, recuerda. La imagen de Pablo Escobar Gaviria, en sus épocas, lo alarmó.

Buscaba un cambio y terminó aceptando el riesgo que además le legalizaba su práctica y su consultorio jurídico en la universidad.

Algunos de sus compañeros atravesaron el país y culminaron en Pasto, otros cruzaron a Tibú, Norte de Santander. Todos con la misma misión: hablar de paz.

En Granada, pueblo de diez cuadras a la redonda donde – según los chismes- quien entra no sale, Jhair se tropezó con decenas de pobladores que repetían casi en coro que preferían una paz imperfecta a una guerra eterna. Lo decían las viudas, los huérfanos, los mutilados. Todos, víctimas de las Farc.

“Todos son optimistas a la paz, con un pueblo destruido cualquiera se va, pero ellos decidieron quedarse para siempre”, dice este hombre quien dictó sus charlas y después, con imágenes del desastre en su cabeza, se marchó a otras localidades de Antioquia como Yarumal, Rio Negro, Guarne, Marinilla.

De día recorría las poblaciones. En las noches- por ejemplo en Yarumal-, comía en la calle y se refugiaba minutos después en el hotel por seguridad. Era recomendación de Naciones Unidas.

Jhair cumplió su misión. Dejó una huella en regiones apartadas de Antioquia, guardó mil recuerdos de la otra Colombia y le enseñó a sus estudiantes que la paz no es de Santos- como todos escribían inicialmente en papeles-, es del país, de todos los colombianos que han vivido de cerca y a distancia la guerra.

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