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Dónde está la bolita

Carolina Sabino, el papa, el fiscal, el hacker

Tanto la manipulación mediática como el abuso de poder implícitos en este caso saltan a la vista.

Hace menos de un mes un hombre, EL hombre de la Iglesia, Francisco EL Santo Padre, decidió autorizar a los demás hombres a su cargo a perdonar a las mujeres que hayan decidido practicarse un aborto, siempre y cuando ellas demuestren estar arrepentidas. "Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa", dijo en su momento.

Hace un par de días una mujer, Carolina Sabino la actriz, fue acusada públicamente de haber abortado ilegalmente, y citada a audiencia por la Fiscalía para responder por lo que además de ser señalado erróneamente como ilegal, funciona perfectamente para que la opinión pública se distraiga y deje de mirar a otro hombre, Eduardo Montealegre, EL hombre de la Fiscalía, ese que se ha pasado los últimos meses saltando entre un huracán y otro. La “prueba reina” con la cual acusan a Sabino es una conversación telefónica entre ella y su hermana Lina Luna, interceptada en el marco de una investigación adelantada contra otro hombre, Andrés Sepúlveda, EL hacker que protagoniza EL escándalo judicial más sonado del último año y medio, y sobre el cual existen más bien pocos resultados concretos.

Tanto la manipulación mediática como el abuso de poder implícitos en la situación saltan a la vista, y sin embargo la cortina de humo es exhibida sin pudor, los medios se suman al juego y la opinión pública muerde el anzuelo.

¿Por qué?

¿Por qué una decisión tomada de manera íntima y autónoma por una mujer, resulta tan estruendosamente efectiva para desviar la atención de las muchas acciones cuestionables llevadas a cabo públicamente por dos hombres?

Supongamos que la hacker fuera Lina Luna, y que como parte de la investigación en su contra interceptaran una conversación sostenida entre Andrés Sepúlveda y su hermano Luis Carlos, en medio de la cual éste le cuenta que le pidió a su pareja que abortara, que ella aceptó, que el pagó el aborto y que incluso la acompañó antes y después del procedimiento. ¿A alguien se le ocurriría pensar que semejante información podría ser utilizada para sacudir los cimientos de la moral y las buenas costumbres de la opinión pública, incluso si Luis Carlos fuera un reconocido actor? ¿Por qué si en tales casos el hombre es básicamente un cómplice del supuesto delito que a tantos altera, ponerla al descubierto no significaría someterlo a escarnio público?

Quizás porque, según las declaraciones que le han valido al Papa Francisco el título de moderno, cuando se trata de abortos nada tienen que ver con el asunto los hombres. Es a las mujeres y solo a las mujeres a quienes corresponde andar rindiendo cuentas por lo que hacen con su cuerpo, sufrir y demostrar arrepentimiento por sus decisiones, y aplaudir agradecidas cuando él decide autorizar públicamente a otros hombres para que las perdonen.

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