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Geraint Thomas, el mutante que guarda las espaldas de Froome

Para unos, Geraint Thomas es el último milagro de la factoría Sky. Para otros, el ejemplo de que en el equipo británico tiene la pócima mágica que hace que los ciclistas superen sus límites.

Luis Miguel Pascual

Rodez (Francia), 17 jul (EFE).- Para unos, Geraint Thomas es el último milagro de la factoría Sky. Para otros, el ejemplo de que en el equipo británico tiene la pócima mágica que hace que los ciclistas superen sus límites.

A sus 29 años, el galés se ha convertido en la sensación del Tour de Francia, por la defensa numantina que ejerce del maillot amarillo que porta su compañero Chris Froome y porque está quinto de la general.

Thomas ha dado un salto adelante cuando menos sorprendente, porque no había muchos síntomas que apuntaran que este nuevo producto de la pista británica iba a convertirse en el prometedor ciclista sobre el asfalto que se ha revelado en la ronda gala.

Ver al espigado galés saltar con facilidad a los ataques del menudo escalador Nairo Quintana en las rudas pendientes del Plateau de Beille ha provocado comentarios de sorpresa en el pelotón.

"Pensé que lo habían traído para ayudar en la etapa de los adoquines", asegura un miembro del cuerpo técnico de un equipo que prefiere mantener el anonimato.

Froome no duda en asegurar que su compatriota no tardará en apretar sus trofeos de la pista para hacer hueco a los que ganará sobre la carretera.

La metamorfosis ha sido tan brutal que la oruga que se labró un palmarés en el parqué es ahora una de las mariposas con el futuro más brillante del pelotón, hasta el punto de que, a sus 29 años, muchos le comparan ya con Bradley Wiggins.

No son pocos los puntos comunes que el galés tiene con el primer británico en ganar el Tour de Francia. Ambos comenzaron en la pista, donde fueron grandes campeones. Thomas no pasó desapercibido para la escuela británica de pista, donde ganó dos oros olímpicos por equipos, en Pekín, junto a Wiggins, y en Londres.

Durante años, compartió el parqué con el asfalto, con alguna victoria en clásicas en júnior, como la Roubaix en 2004, donde supo sacar provecho de su gran motor.

Al año siguiente un grave accidente cuando entrenaba estuvo a punto de costarle la carrera, porque casi pierde un brazo.

Pero hasta 2012, la pista era la prioridad. A partir de ese año decidió consagrarse totalmente a la carretera y se sometió al mismo tratamiento de choque que Wiggins.

"Se acabó el alcohol. Como todo galés, adoraba vaciar 'pintas', pero había que adelgazar. El músculo de la pista es un lastre en la ruta. En los Juegos de Pekín pesaba 75 kilos y ahora peso 69", asegura el galés en un discurso que se asemeja al que en 2010 repetía su predecesor.

La transformación no tardó en dar resultados. En su primer Tour, que corrió en 2007 en el Barloworld, el mismo equipo de Froome, fue penúltimo, típico en un ciclista que no tiene el físico adaptado a una carrera tan larga.

Este año se mantiene en la quinta posición y con una fuerza que le convierte en candidato incluso para subir al podium, si sus tareas de apoyo al jefe de filas del Sky se lo permiten.

En 2014 fue segundo de la Vuelta a Baviera y llegó a vestir el maillot amarillo de la París-Niza.

Esta temporada ha sumado GP E3 Harelbeke y acabó tercero de la Gante-Wevelgem, dos clásicas con adoquines que no hacían presagiar su gran rendimiento en la montaña.

También se adjudicó la Vuelta al Algarve y fue quinto en la París-Niza y segundo en la Vuelta a Suiza, todas ellas carreras de una semana.

En las grandes vueltas su participación había sido siempre mediocre. Su mejor Tour fue el año pasado, cuando acabó vigésimo segundo a más de una hora del italiano Vincenzo Nibali. En el Giro de Italia ha corrido dos veces, con puesto 80 en 2012 como mejor clasificación final.

Ahora es un gregario de lujo para Froome, un estatus que no deja de sorprender. El gales puede incluso aspirar a la sucesión de su jefe de filas, igual que Froome destronó a Wiggins tras ayudarle a ganar el Tour de 2013. EFE.

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