En Bocas de Aracataca flotan entre pobreza y contaminación ambiental

El equipo periodístico de Caracol Radio visitó la Ciénaga Grande para conocer la calamidad ambiental y social por la que atraviesa.

Los días no son analgésico para el dolor de las familias de Bocas de Aracataca, uno de los pueblos palafitos de la Ciénaga Grande de Santa Marta, ubicada en el norte del departamento del Magdalena, que el 10 de febrero del año 2000 fue víctima de una masacre cometida por los paramilitares y que desplazó a decenas de familias.

Llegar hasta ese pueblo flotante tarda cerca de tres horas desde Santa Marta, en un viaje que incluye un tramo terrestre y otro acuático que se hace en lancha. Para acceder a Bocas de Aracataca, el camino empieza con un agradable paisaje que luego se torna desolador por la crisis ecológica de la Ciénaga Grande, que actualmente tiene aguas turbias y con olores fétidos por las constantes mortandades de peces y manatíes ante la falta de oxigenación del complejo lagunar.

Esa población, que permanece sobre el agua, aún no se repone de lo ocurrido hace 19 años cuando en medio de una madrugada ingresaron sujetos armados a las viviendas, ordenando a mujeres y niños huir en canoas y acribillando con armas de fuego a los hombres adultos.

En Bocas de Aracataca la gente no tiene alimento, electricidad, templo religioso ni centro médico, sin embargo, ahí están y ahí se quedaran ‘nadando’ en la pobreza porque afirman que en ese lugar, que pocos logran ver, está la herencia de doscientos años de historia que se han formado en la Ciénaga Grande de Santa Marta.

Dora Garizábalo, habitante de ese lugar, afirma que para esa población conformada por cien personas, la pesca era el principio y el fin antes que la construcción de carreteras, como la Troncal del Caribe, dividieran la Ciénaga Grande en dos e irrumpieran con el flujo de aguas entre ríos y el mar, lo que ahora los está desapareciendo en la agonía de un complejo lagunar que en su momento fue considerado por la Unesco como reserva del hombre y la biosfera.

“Aquí todo era próspero. Nosotros teníamos nuestros ahorritos y la pesca era grandísima. Antes de que mataran a mi esposo vivíamos cómodamente, no nos hacía falta nada, pero ahora nos hace falta todo”, comenta Dora.

Además de las vías, la Ciénaga Grande hoy sufre porque muchos productores de palma y banano se están robando el agua de los ríos Aracataca y Fundación, que nutre este complejo lagunar, y lo hacen mediante talanqueras artesanales e ilegales para regar sus cultivos.

"Lastimosamente ya no vemos entrar agua dulce a la Ciénaga, solo vemos a nuestro alrededor mucha contaminación. Estamos muy tristes porque nadie nos atiende, nadie nos escucha”, asegura Dora Garizábalo.

En medio de la desesperación, las familias de pescadores ahora buscan otras fuentes de ingreso, algunas de ellas se concentran en la ilegalidad y son nocivas con el medio ambiente como la tala de bosques en las reservas naturales de la región Caribe, actividad que realizan para aprovechar la tierra en cultivo de plátano, yuca y maíz, que garanticen el sustento diario de esa comunidad palafita.

 

 

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