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La fiesta de los policías

Columna de opinión de Orlando Oliveros Acosta

Con el Código de Policía y la ineptitud de nuestros gobernantes es posible que Cartagena esté a punto de obtener un récord Guinness por celebrar las Fiestas de la Independencia más aburridas del mundo. Alguien, tal vez un cómico o un historiador del futuro, dirá que quisimos ser la cuna de los aguacatados, el reino letárgico de los mojigatos donde triunfaba el silencio en las parrandas y se imponía orden con bolillazos. Ya presiento, incluso, una frasecita triste en los letreros de las periferias que los turistas podrán leer cuando vengan en sus carros: “Bienvenidos a Cartagena, hogar de fiestas mudas y de ayomberos atragantados”.

Parece ser que los alcaldes pasajeros de esta ciudad todavía no han entendido cuál es el contexto cultural en el que se gozan nuestros bandos. Desde hace algunos años, siempre que llega noviembre, la noción de las Fiestas de la Independencia viene acompañada de prohibiciones que la niegan. Dichas prohibiciones son tan contrarias al sentimiento festivo del 11 de noviembre que la gente acaba haciendo con ellas lo único posible en días de juerga: transgredirlas. Y, ante la transgresión, la fuerza pública responde con violencia.

Estas normas que nadie cumple el jurista italiano Norberto Bobbio las llamó “normas ineficaces”. Son válidas, a veces justas, pero tan impopulares que requieren ser pensadas nuevamente por el legislador. Se trata de encontrar un equilibrio entre la voluntad del pueblo y la regulación. Sin embargo, para ello es necesario tener mucha creatividad institucional, y eso es algo que no poseen varios de nuestros funcionarios, hoy rancios y obsoletos con tanta politiquería.

Prohibir sin matices el consumo de bebidas alcohólicas en espacios públicos en pleno bando, gozón o parranda novembrina es una estupidez que sólo provoca conflictos entre la ciudadanía y la fuerza pública. Lo mismo sucede con la pólvora, el agua y los picós. La norma, una pobre huerfanita, va por un camino de dulces sueños que la gente y la música no transitan. No se le puede pedir a una ciudad que celebre sobria mientras escucha “Ron pa todo el mundo” del Joe Arroyo y Diomedes Díaz, que no se moje mientras el picó de al lado pone a todo volumen “Echen agua” de Elio Boom, o que no disfrute de la pólvora mientras suena, una y otra vez en las emisoras, “El Buscapié” de Hugo Bustillo en la célebre interpretación del Son Cartagena.

La seguridad y el orden durante las Fiestas de la Independencia deben procurarse desde otras estrategias, unas que sí conozcan la idiosincrasia de Cartagena. Estas normas de ahora, aplicadas sin reflexión sobre el contexto, lo único que traerán serán más muertos y mucha desobediencia.

En Barranquilla entendieron esto. Unas semanas previas al carnaval, la alcaldía de esa ciudad solicitó un permiso especial para que algunas normas del Código de Policía no aplicaran durante los días de fiesta. El artículo 151 de dicho código permite a los funcionarios competentes hacer excepciones temporales, siempre y cuando no se altere la convivencia. Al final, se pudo beber alcohol en las calles, parrandear de nueve de la mañana a seis de la mañana del día siguiente y utilizar algunas vías del espacio público para realizar actos lúdicos que tuvieran que ver con el carnaval.

Las comparaciones son odiosas, pero en Barranquilla sí muestran interés por los espectáculos que presentan y la conservación de su patrimonio. En Cartagena, en cambio, parece que a la alcaldía no le dolieran las Fiestas de la Independencia. Nuestros funcionarios viven en el soporífero mundo de las prohibiciones y la censura, donde el humo que envuelve las calles no es el de la pólvora ni el de la maicena, sino el de los gases lacrimógenos de la policía.

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