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Lupa Regional

El derecho a soñar

Columna de opinión de Orlando Oliveros Acosta

Nunca he sabido qué se siente vivir en un país donde los gobernantes se atrevan a soñar en grande. Nací en 1993 y, desde que tengo memoria, los proyectos políticos en Colombia han estado mediados por una mezquindad disfrazada de realismo. Si un ciudadano exige que la educación pública sea completamente gratuita, desde el poder le responden que no alcanza la plata. Si otro propone un sistema de salud público de calidad que cubra todo el territorio nacional, desde el poder le responden que eso sería una irresponsabilidad fiscal. Si alguien comenta que para incentivar la economía hay que devolverles las tierras a los campesinos desplazados por la violencia, desde el poder le responden que eso no es posible, que eso ya es comunismo expropiador.

Al hombre o la mujer que se atreva a plantear una Colombia desarrollada donde los derechos fundamentales se respeten y no sean tratados como mercancías, le llaman idealista. Demagogo, en el peor de los casos. Pareciera como si ya no se pudiera anhelar lo sublime, lo justo, lo verdaderamente deseable. Desde hace décadas nuestros políticos tradicionales, responsables en gran medida de la desigualdad y la pobreza nacional, se han encargado de cercenarnos la ambición, las ganas de imaginarnos una república más equitativa con su población vulnerable.

Es entonces cuando un candidato presidencial como Gustavo Petro, que propone un futuro deseable, es tildado de populista. Por cosas como querer mejorar el sistema de pensiones y cambiar el modelo extractivo de la economía colombiana por un modelo productivo que genere más empleos, muchos lo han tratado como a un loco, un hombre que no tiene los pies sobre la tierra. Y aquí es cuando creo que la mezquindad se ha disfrazado de realismo: cuando propuestas tan obvias, que han debido haber sido pensadas por otros hace muchos años, son consideradas fantasías insensatas y no caminos a seguir.

¿En qué momento de la historia murieron los ideales de un cambio posible? ¿Cuándo fue que se apagó el fuego que ardía en nuestra búsqueda de la justicia? ¿Será que nos ganó la vergüenza de ser cursis visionando una política donde triunfe la vida? En esta segunda vuelta mi voto será por Gustavo Petro, pues creo que aún tenemos el derecho a soñar.

“El hombre está condenado a ser libre”. Esta es una frase atribuida al filósofo francés Jean Paul Sartre, y habla de la libertad de decidir que poseemos todos los seres humanos y de la responsabilidad que eso implica. Es como decía el Tío Ben a Peter Parker en el Hombre Araña: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. De manera que usted puede votar por Gustavo Petro o por Iván Duque, pero sepa que en el momento justo de hacerlo caerá sobre sus hombros todo el peso del futuro de Colombia. Yo votaré por Petro, precisamente porque no quiero saber qué se siente cargar a los muertos, a los pobres, a los campesinos sin tierras, a los líderes sociales silenciados por las balas, a los chicos sin educación que no sabrán lo que es levantarse del suelo. Y no exagero: votar por Duque implica todo eso, su candidatura se apoya en la oligarquía política de siempre que ha hecho de Colombia un país triste, estancado en el marasmo de la muerte y la miseria.

Soñar con una Colombia Humana cuando existe el riesgo de que nos volvamos una Colombia de Uribe, no me hace petrista: me convierte en un ciudadano responsable. En alguien que, como en aquel texto de Eduardo Galeano, repite: “¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos por un ratito?, vamos a clavar los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible”.

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