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Viaje al corazón del caribe

La vida de un pescador en el Caribe

La sabiduría de quienes se dedican a esta práctica los lleva "a saber donde hay pescado con el olfato"

El mar los devolvió. Y no es la primera vez; pero con respeto guardan sus redes y esperan su momento para salir a buscar la pesca del día.

Llevan toda una vida entre la ciénaga y el mar. Es lo que saben hacer, lo aprendieron de sus padres.

José Francisco Segura, saca agua de la ciénaga y pone la olla en leña para preparar el café que nos ofrece mientras nos habla de sus alegrías y pesares.

En 30 años y más, ha aprendido hasta sentir el olor que le dice dónde hay róbalo o el llamado chivo.

Uno sabe dónde hay pescado. Ellos salen a comer y después como a uno que eructa, ellos como que también tienen esa necesidad y se dejan ver.”, afirma José Francisco.

Ellos pueden estar en medio del manglar hasta una semana. Hay quienes llevan dos meses sin salir. El sol les ha curtido la piel, tienen callos en las manos por los sinsabores de la vida, pero no han perdido la sonrisa.

Han aprendido el valor de la paciencia y aceptar cuando el día es malo.

“La época está mala, no ha llovido en esta zona. Con ancla esperamos hasta un día los resultados después de tirar la malla”, sostiene Segura.

Huele a café, el más viejo prueba, levanta con sus manos la olla hirviendo, no se quema. Sirve un café que tiene sabor a barro y a ciénaga.

Parte la expedición, ellos pierden sus ojos en el mar, mientras ladran las seis perras preñadas que esperan que hoy si lleguen los esquivos peces, para darse un banquete.

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