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Alcalde (e) de Cartagena termina su mandato y se despide con emotiva carta

En la misiva invita a los ciudadanos a querer la ciudad y a reflexionar para buscar entre todos una salida

Este es el mensaje con el que el alcalde Sergio Londoño se despide de su encargo, luego de más de 255 días de ejercicio y más de 100 razones de esperanza.

Carta abierta a mi ciudad

Cartagena:

Gracias. Desde hace 32 años te he querido. Desde hace 32 años he soñado contigo, con tus atardeceres y con tu historia. Toda tú eres mi más preciado recuerdo, en ti se conjuga todo lo que amo y lo que soy. Eres mi casa y mi paz, tu bandera es el manto que me cubre y mi mayor anhelo siempre ha sido verte grande, verte fuerte, sentirte triunfante.

Prometí trabajar para ti toda la vida. Dios me dio la oportunidad de hacerlo como Alcalde mucho antes de lo que jamás habría pensado. En tu momento más oscuro aterricé en la Aduana con la única intención de protegerte. Te habían mancillado, tu nombre vilipendiado y tu espíritu arrebatado, a tus hijos se les agotaba la esperanza, los sueños, las ideas. La dama grande de las Américas se escondía en vez de mostrarse, se vestía de dolor y de angustia.

Llegué a ti con el alma contenta, feliz de poderte ayudar. Llegué con lo único que tengo, mi corazón y mis ideas, con la pasión y las ganas de trabajar para ti y por ti. Ningún interés particular tengo en tus arcas, no me sobra el dinero, pero jamás querré aquel que no se consiga de manera honesta. Han abusado de ti día tras día, han malgastado tu tesoro y han sido irresponsables con tu futuro. No quería que el día de mañana me reprocharas las decisiones que tomé, por eso ninguna de ellas ha pensado en el costo político o en el golpe a mi imagen personal. Gobernar en las crisis no requiere de medidas populares, sino de decisiones responsables pensando en las próximas generaciones y no en las siguientes elecciones.

Cuando llegué a ti era como un bombero sin los elementos con los que apagar el fuego, pero así fuese con baldes de agua me propuse apagarlo. Dios sabe cuántos incendios heredamos. Una ciudad que se caía a pedazos. Una ciudad donde yo he sido el alcalde 8, 10, 11 y 12 en 5 años. Una ciudad donde sus gentes pelean más por cual escudo usar que por la sostenibilidad de sus presupuestos o la renovación de sus estructuras políticas y una política que privilegia las cuotas burocráticas sobre la renovación administrativa total.

Dirás de pronto que mucho hace falta y te daré la razón. Meses para cambiar lo que ha estado podrido por años es una hazaña imposible. Y no imposible, porque humanamente no se puede hacer, sino porque no es una tarea de una sola persona, sino de todos. Primero debemos superar nuestras angustias individuales para después poder avanzar como sociedad.

Sin embargo, esas angustias del día a día no se superan sino con esperanza. La ciudad de la esperanza es eso, es una construcción colectiva donde se recupere el sentido de quienes somos y hacia dónde vamos. La ciudad de la esperanza viene necesariamente de la desesperanza; pero esa no la cree yo, esa es la herencia maldita de quienes en el pasado han abusado de ti, han roto tus labios, han quebrantado tu espíritu.

Sé que hoy te embriaga la fiesta electoral y digo fiesta no como momento alegre, sino como un espejismo en medio de la desolación. Fiesta porque como los eventos de los ególatras no pasan de unas horas embriagantes de alegría para después dejarte como siempre has estado – sola y soñando con la ambrosía de tiempos pasados -. Piensa bien en lo que viene, dile a tus hijos candidatos que asuman el compromiso de amarte por encima de ellos mismos.

En los 255 días que te serví siempre renové mi vocación de seguirte sirviendo. No te miento, ha sido el ejercicio más difícil de mi vida. No por ti, sino por las decisiones que he tenido que tomar para verte sonreír, por algunos de tus hijos que prefieren sus bolsillos antes que el bien común. Esos mismos que cuando hemos tratado de hacer bien las cosas han preferido montar estrategias de desprestigio que afrontar sus deudas solidariamente.

Pero no son solo tus hijos, sino también esos que se han acostumbrado a que seas sumisa y no resisten que se les enfrente o se les gane peleas. Porque para salir a decir que te defienden son los primeros en vestirse de héroes, pero así mismo no les tiembla la mano para atacar tus instituciones y mancillarte cuando no te rindes o te paras firme en la raya. No quieren verte recuperando tu condición de joya de las indias, porque no les conviene que tu sol caribeño brille. Lo que jamás se puede permitir es que tu fascinación por lo extranjero se convierta en tu talón de Aquiles. Que el afán de ver por encima de las murallas no te merezca un cañonazo directo al corazón.

Decían tus grandes que querían ver águilas caudales. Quiero que seas la madre de nobles generaciones, pero ¿cómo hacerlo cuando 55.000 de tus hijos viven en la pobreza extrema? Por ellos debemos construir la ciudad de la esperanza, porque sin esperanza no podremos atraer las empresas, las inversiones, la generación de empleo, el turismo, en fin, los impuestos que necesitan para salir adelante. Porque una sociedad solo es tan rica como el más pobre que tiene al lado y porque de nada sirven los privilegios de pocos sino se convierten en oportunidades para todos.

Tus medios, tan esenciales en tu democracia, no pueden ser portavoces de mentiras. Porque las mentiras son como los cuervos, al final se comerán tus ojos. Hay que aprender a deponer las diferencias para que la verdad salga a la luz. No es que gane o pierda el Alcalde, derrotarlo o no con un titular, es hacer que la verdad sirva para construir y no para hacer trizas lo que queda. Porque cuando caemos en el canibalismo social perdemos todos. ¿O no hemos caído en ese espiral desde la independencia? Allí tus contrincantes han encontrado un placer profundo porque al cantar las derrotas, la golpeada eres tú, la vilipendiada eres tú, y los que cargarán esa cruz serán para siempre tus hijos.

Puedo decir que caminando tus calles soy feliz y que hablando con tu gente me lleno de esperanza. Hacer obras en tus barrios, colorearte con el pantone de tus artistas, iluminarte con la fuerza del trabajo y mostrarte ante el mundo como la bella mulata que eres me llena de profunda alegría. ¿Qué puedo decir más que te amo? ¿Qué más puedo hacer sino trabajar por ti?

No te digo que me ames, permíteme seguir trabajando para ti día y noche. Seguiré con el alma intacta, porque soy hijo de la Heroica y esta ciudad no se rinde. Demasiadas victorias conseguiste cuando tus hijos aún daban la vida por ti. Demostremos que Morillo no nos quitó las ganas de luchar. Como el Santo Padre nos dijo a su paso por tus calles: no se dejen quitar la esperanza.

Me voy con el alma tranquila porque logramos llevarle alegría a la perimetral, conectar a los niños de Boston, dejarle a la ciudad su Y de Olaya, al Pozón su calle de la cuchara y a la Boquilla su carrera séptima, pavimentar los sueños de quienes están viendo esas obras nuevas, integrar a la administración talentos jóvenes sin macula, fomentar corredores verdes de arte urbano, y tomando las decisiones que necesitas para ser grande.

Me voy con la satisfacción del deber cumplido.

Nuevamente gracias,

Sergio Alfonso Londoño Zurek

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