Con Quinto, ¿ganamos todos?

Columna de opinión de Orlando Oliveros Acosta

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La historia de la politiquería en Cartagena bien podría estudiarse a partir de los eslóganes de sus políticos. Como versos de un poema degradado o sentencias que han perdido su sentido, los eslóganes aparecen en casi todos los productos de la publicidad electoral, restregados hasta la saciedad en postes, vallas y suéteres para ejercer una función aterradora: engañar a la gente.

Por lo general, los eslóganes de este tipo suelen estar al servicio del embuste o la exageración. Por ejemplo, “Hay Campo para todos”. Este fue el eslogan que usó el fallecido Campo Elías Terán Dix en las elecciones a la alcaldía del 2011. Campo Elías, quien se había caracterizado por ser un periodista radial atento a las necesidades de los sectores populares, sólo tuvo “campo” para las mismas familias políticas tradicionales cuando fue alcalde. Su alianza con Piedad Zuccardi y Juan José García Romero fue un duro golpe para quienes esperaban un gobierno transparente y distinto. “Hay Campo para todos” fue un eslogan que nunca se cumplió.

Bajo esas mismas lógicas se crearon los eslóganes de los exalcaldes Dionisio Vélez Trujillo y Manuel Vicente Duque. El de Vélez Trujillo, “Ahora sí Cartagena”, pretendía convencernos de que el candidato iba a realizar el tan ansiado cambio social negado en la administración anterior; sin embargo, lo que los cartageneros vivimos en aquel gobierno fueron las mismas alianzas con la clase política tradicional, un retroceso en las luchas simbólicas de la ciudad y una deuda abismal con un préstamo de 250 mil millones de pesos que no sirvió para terminar los colegios, mercados y centros de salud que lo justificaron.

Posteriormente, en la alcaldía de Manuel Vicente Duque, el eslogan empleado fue “Manolo va” y su consigna de campaña “Primero la gente”. Con el tiempo nos dimos cuenta que el que iba no era Manolo, sino su hermano de crianza, José Julián Vásquez, y que la gente jamás estaría de primero en la agenda política hasta que los funcionarios públicos corruptos hicieran de las suyas. Hoy Manolo ha sido obligado a salir del cargo y sus eslóganes no son sino humo, retórica barata.

Todo esto nos conlleva al tema central de esta columna: el eslogan publicitario del actual aspirante a la alcaldía Antonio Quinto Guerra Varela. En los afiches y pendones que decoran algunas casas de la ciudad, justo bajo el rostro sonriente del candidato, una frase despunta: “Ganamos todos”. Este divertido eslogan busca persuadirnos de que la victoria de Quinto es la victoria de los cartageneros. Yo tengo mis dudas al respecto. ¿Cómo puede la ciudadanía sacar provecho de una candidatura impulsada por el clan Blel (liderado por el exsenador Vicente Blel, condenado por parapolítica) o el clan García (liderado por el exsenador Juan José García Romero, condenado por corrupción), y personajes como Javier Cáceres Leal (exsenador también condenado por parapolítica)? ¿Quiénes son realmente las personas que están incluidas en el “todos” del eslogan? ¿Son Karen Cure, William Montes o Lidio García?

Además de estas malas compañías, el mencionado eslogan pierde credibilidad ante la posible inhabilidad de Quinto para aspirar a la alcaldía por haber celebrado contratos con entidades públicas un año antes de su candidatura. Si Quinto llegase a quedar electo, es muy probable que sea destituido por la Procuraduría, lo cual dejaría nuevamente a Cartagena en el limbo administrativo que ha venido sufriendo desde hace varios años, un limbo en el que todo se estanca y donde la interinidad no resuelve los problemas estructurales de la ciudad.

En el pasado, durante las elecciones de 2015, Quinto ya había promovido otro eslogan engañoso: “Un hombre serio para soluciones serias”. Él, que se había burlado de los cartageneros haciendo campaña política antes de lo permitido por la ley con la fachada de un club deportivo, se autoproclamaba una persona seria, ideal para gobernar. Casi tres años después nos dice que, eligiéndolo, “ganamos todos”. Y es como si fuéramos ingenuos, como si pudiera meternos el dedo en la boca a su antojo, con ese cinismo tan propio y descarado de los eslóganes políticos.