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Lupa Regional

Colombia, por un sueño

Columna de opinión de Orlando Oliveros Acosta

En la primavera del 4 de abril de 1968, a las 6:01 de la tarde, un disparo de rifle marca Remington acabó con la vida del reverendo Martin Luther King, Jr. Mientras el supuesto asesino huía en un Ford Mustang blanco, el cuerpo de King se desangraba, ya muerto, sobre aquel mítico balcón del Motel Lorraine, en la ciudad de Memphis (Tennessee). En varias fotografías tomadas instantes después del siniestro, se ve a King tendido boca arriba, con la mirada hacia el cielo, rodeado de activistas negros que señalan con el dedo la azotea desde donde se llevó a cabo el asesinato.

Eran esos tiempos, no tan distintos a los nuestros, en que a los líderes sociales los callaban con la muerte. Si el grito de las revoluciones justas y legítimas prosperaba, había un sector perverso dispuesto a ofrecer sus brutales lecciones de silencio. Martin Luther King, cuyo asesinato ya cumplió cincuenta años en este 2018, dedicó gran parte de su vida a exigir, de forma pacífica, el reconocimiento de los derechos civiles de la población afroamericana en medio del segregacionismo estadounidense del siglo anterior. Por esa labor mereció diversos reconocimientos, incluido el Premio Nobel de Paz, pero también fue por esa misma labor que decidieron matarlo. Toda una paradoja frecuente: en un mundo tan desalmado como es este, quienes buscan la paz y la igualdad suelen encontrarse con la guerra y la desproporción de un poder terminante.

Cuando pienso en Martin Luther King, pienso en Colombia también, en la triste metodología que comparten sus tragedias. Acá también están matando a los líderes sociales, uno a uno, como bajando mangos que se estrellan contra el patio de la impunidad. Sólo entre enero del 2016 y febrero del 2018 fueron asesinados 282 líderes y defensores de Derechos Humanos, según cifras de la Defensoría del Pueblo. El balcón del Motel Lorraine ha sido reemplazado por las calles de una vereda, por la trocha de un pueblo. Y no sólo caen negros, también blancos, porque en Colombia la muerte violenta le llega al ciudadano digno sin importar su color de piel.

Esa es una de las tantas razones por la cual la paz aún no ha sido alcanzada con éxito en este país. Lograrla, si no es imposible, implica un proceso largo y sufrido donde la obstinación de quienes sí quieren un ambiente pacífico será crucial frente a la terquedad de quienes pretenden conservar la zona de confort que les ha dado el conflicto. Por eso, en estos momentos tan convulsivos, donde existen grupos políticos poderosos que pregonan que “harán trizas” el acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC, o estigmatizan los derechos civiles de la población LGBTI, o propician amenazas contra periodistas y caricaturistas, o persisten en la ridícula guerra contra las drogas sin entender las dimensiones políticas de la dosis personal y la legalización controlada de narcóticos, en este ambiente tan enrarecido por la violencia, resulta indispensable nuestra testarudez de no dar un paso atrás en la gesta por lograr la paz y la vida digna.

En ese sentido, es cada vez más necesario que cobijemos a nuestros líderes sociales y defensores de Derechos Humanos, puesto que ellos son la cara más resplandeciente de la ciudadanía, de la población marginal que ejerce sus derechos aun en contra del poder más atroz y sofisticado. Ni uno más, ni una más. Creo, que al igual que Martin Luther King, todos los colombianos tenemos un sueño: el sueño de despertar un buen día sobre una nación sensible, humanizada ante el horror de la violencia y experta en el ejercicio de una justicia sin vicios.

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