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Lupa Regional

Profanadores de Canchas

Columna de opinión de Orlando Oliveros Acosta

Hubo un tiempo en el que la cancha de microfútbol del barrio era el domo sagrado de mi infancia. Allí íbamos mis amigos y yo a oficiar nuestros ritos deportivos cuando el colegio terminaba. Casi siempre a la misma hora, alguien salía de su casa con el balón bajo el brazo y lo colocaba en el centro del campo como un objeto ceremonial que todos podíamos ver desde nuestras ventanas, llamándonos, arrastrándonos hasta el pavimento mal pintado de la cancha.

Podíamos gastar horas y horas jugando microfútbol, marcando goles en arcos sin mallas, gritándonos apodos excéntricos y disputando, como en una guerra definitiva, el litro de gaseosa que al final nadie pagaba. Nos creíamos grandes estrellas en aquel rectángulo de la infancia, no sabíamos todavía que la vida es un partido injusto que se juega contra la desgracia, nadie nos había dicho aún que después de crecer el tiempo de la adultez clava sus guayos en la canilla del alma.

Hace mucho que no juego en la cancha de microfútbol del barrio. Cuando salgo para el trabajo, suelo mirarla de paso como quien mira una iglesia a la que no ha entrado en varios años. Por eso le guardo respeto, la elevo a la categoría de camposanto, a territorio sacro sobre el que zumba con persistencia la liturgia de mi nostalgia.

Por estos días, caminando alrededor del vecindario, vi que en la cancha del barrio Santa María había un político haciendo campaña. Prometía este mundo y el otro, mientras los vecinos escuchaban con desgana, sentados en sillas plásticas que alguien había dispuesto para la ocasión. Al final, cuando la pantomima terminó, quienes apoyaban al político empapelaron con afiches suyos las mallas de la cancha. Fue como escupir en la pila bautismal de una catedral, como interrumpir la lectura del evangelio con maldiciones y groserías.

Me sentí agredido y seguí sintiéndome así cuando llegué a mi cuarto, porque imaginé que algo muy similar debía de estar ocurriendo en otros barrios, en donde los espacios destinados a la memoria de nuestros mejores años también estuvieran siendo profanados por el fugaz pero miserable tránsito del candidato de turno que sólo se acerca a los sectores populares de la ciudad cuando necesita incautos que puedan votar por sus juramentos absurdos.

En esto se ha convertido la política: en un vicio que blasfema sobre los monumentos más dignos de nuestro pasado. Y nosotros cada vez más lo aceptamos. Apenas si puedo sonreír con la ironía de que en las tardes siguientes aquellos afiches pegados en la cancha de microfútbol servirán para que los niños se imaginen los rostros de un público que va a verlos jugar en el único estadio del planeta donde las victorias o las derrotas son sólo máscaras de la felicidad.

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