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Lupa Regional

La orden de la discriminación

Columna de opinión de Orlando Oliveros Acosta

La que voy a narrar es una historia cotidiana, profundamente absurda. Me sucedió a mí, pero puede sucederle a cualquiera que viva en Cartagena como un ciudadano común y corriente. De hecho, ya le ha ocurrido a un montón de gente, así que voy a contarla a sabiendas de que un porcentaje considerable de ustedes ha sufrido, en público o en secreto, cada momento de esta trama.

El pasado jueves 18 de enero, a eso del mediodía, fui a la Universidad de Cartagena para consultar algunos asuntos en el Programa de Lingüística y Literatura del cual soy egresado. La sede a la que me dirigí fue la del Claustro de San Agustín, una edificación colonial de finales del siglo XVI cuya única torre despunta entre las antiguas casas del centro histórico de la ciudad. Para mi sorpresa, cuando llegué a la entrada, el portero de la universidad me obstaculizó el paso y acto seguido me comunicó que no podía acceder porque a esa hora todo el personal de las oficinas se encontraba almorzando.

“Perfecto”, dije, “entonces voy a esperar en el Campus”. Pero el portero me respondió que tampoco podía, pues de acuerdo con las órdenes que había recibido de sus superiores nadie está autorizado a ingresar entre las 12:00 y las 2:00 pm, a menos que trabaje en la institución. Sin embargo, en el mismo instante en que yo estaba varado frente a las puertas de la universidad llegó un grupo de extranjeros que entró sin problemas y que fue atendido con una cortesía admirable, totalmente contraria a la altanería que se usó conmigo. Cuando pregunté la razón de por qué ellos sí y yo no, el portero me respondió:

– Es que ellos son turistas y es diferente, ésa es la orden que me han dado.

Así fue como no pude entrar a la universidad pública de mi ciudad. No fue por reprobar un examen de admisión, ni por falta de dinero para pagar la matrícula o el semestre, sino por ser un cartagenero más que no viene de otro lado del mundo ni inspira un retrato de Odín o Poseidón. Junto a mí, a medida que pasaban los minutos, fueron acumulándose personas que tenían diligencias pendientes en el Campus: primíparos, egresados, madres que iban a averiguar el proceso de inscripción de sus hijos. Cada uno de nosotros con un propósito distinto, encallados en las rejas de la entrada. Mientras tanto, los turistas fotografiaban los mismos pasillos que hasta hace unos meses yo recorría con mis amigos, los mismos salones en los que recibí muchas clases y que creí que eran míos.

Cuento todo esto porque estoy asombrado de los diversos modos de discriminación que se viven en Cartagena y las formas macabras con las cuales poco a poco nos van despojando de nuestros bienes públicos. ¿Es justo que en la Universidad de Cartagena, una universidad pública con una sede considerada patrimonio cultural, existan estas políticas de acceso restringido para la ciudadanía? ¿Es válido que sólo el extranjero pueda entrar en ella sin que lo miren de soslayo y le hablen con grosería? ¿Quién da estas órdenes de las que me habló el portero? ¿Las da el rector? ¿Las asume el cuerpo de seguridad por cuenta propia, mientras los demás funcionarios se hacen los de la vista gorda?

Qué carga tan jodida y pesada soportamos los que vivimos en esta ciudad donde la exclusión es el pan de cada día. En esta Cartagena tan maltratada por la historia nos han quitado las plazas, las calles y algunos barrios enteros del centro histórico. Ahora pretenden quitarnos nuestra universidad pública, montar en ella normativas discriminatorias y despóticas basadas en prejuicios, poco sentido de pertenencia y falta de humanidad. Mucho ojo con esto: no vaya a ser que en algunos años al cartagenero del común lo quieran convertir en un exiliado en su propia tierra.

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