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Transcaribe: del desfalco al descaro

Columna de Orlando Oliveros en Caracol Radio Cartagena

Caracol Radio
Cartagena de indias

Para qué negarlo: Transcaribe es un sistema de transporte que ha mejorado la calidad de vida de muchos habitantes en Cartagena. Usándolo, uno puede montarse en un alimentador que pase por el barrio Crespo, en el norte de la ciudad, y llegar en cuestión de minutos a la estación de La Castellana, en el oriente. O atravesar el Mercado de Bazurto en tan solo unos instantes, sin la necesidad de sufrir los estragos psíquicos de un trancón monumental. En sus carriles no hay conductores que compitan a muerte con otros conductores en una especie de Fórmula 1 desquiciada, ni sparrings que saltan con el bus en movimiento para correr hacia los reguladores de las rutas. Se podría decir incluso que en los articulados de Transcaribe uno anda más seguro, pues las probabilidades de vivir un atraco son reducidas.

Nadie sensato puede objetar estos beneficios. Sin embargo, que este servicio cuente con eso y sea mejor que el que prestan las busetas o los Jeeps colectivos no lo exime de sus propias falencias estructurales, administrativas y logísticas. No hay que olvidar que fueron más de diez años en los que este proyecto se mantuvo inconcluso, un período prolijo en desfalcos, negligencia, corrupción y estaciones que se oxidaron con el tiempo. Fue una inversión multimillonaria que en el 2015 ya costaba el doble de lo que se había presupuestado, es decir, unos 400 mil millones de pesos. En el 2014, la Contraloría ya había advertido que, además de los sobrecostos, este proyecto registraba cinco mil millones en pérdidas, con énfasis en el tramo 5A (el puente de Bazurto), que fue abandonado por el contratista y en donde se dio un detrimento patrimonial de 1.973 millones de pesos.

A finales de 2015, cuando el entonces alcalde Dionisio Vélez Trujillo decidió poner en funcionamiento a Transcaribe, así fuera a la fuerza, todavía faltaba un plan adecuado de semaforización en la ciudad y no se había terminado el proceso de chatarrización de las busetas (proceso que ni siquiera ahora, en pleno 2018, se ha completado). De modo que podría afirmarse que Transcaribe comenzó a medias, con la chambonería que ha caracterizado a todos los grandes proyectos en Cartagena. Pese a esto, los cartageneros –que tenemos alma de animal de carga, con un cuero duro y curtido por los siglos– soportamos el latigazo.

Para este 2018, la gerencia actual de Transcaribe, encabezada por Humberto Ripoll y auspiciada por el alcalde encargado de la ciudad, Sergio Londoño Zurek, ha incrementado de forma absurda la tarifa del pasaje a 2.300 pesos, convirtiéndolo en uno de los más caros del país, un incremento que se ha hecho sin un estudio serio y con un descaro alarmante. Esto no es lo que se merece la gente de Cartagena. Un pasaje de lujo por un servicio que no lo vale. O dicho en palabras más precisas: por un servicio que ya nos ha costado demasiado.

Aquí hay que recalcar que mientras las tarifas suben caprichosamente, los buses no dan abasto para las horas pico, los tiempos de espera en las estaciones son cada vez más largos y varias de las rutas que se prometieron en años anteriores no se han implementado. Falta liderazgo, planeación y muchísima ética.

Se equivocan quienes apelan al conformismo, quienes exigen que soportemos con pasividad estas injusticias por el hecho de que este sistema de transporte ha mejorado la movilidad en la ciudad. A mí eso me parece una canallada. Transcaribe podrá ser un servicio valioso, pero debe ser un servicio bien hecho. Un servicio digno, que es el que nos merecemos. En Colombia, sobre todo en Cartagena, sería bueno que nos vayamos acostumbrando a rechazar el trabajo chapucero. O se hacen bien las cosas, o se eligen a otras personas que sí sepan hacer todo completo. Sencillo. No hay mejor metodología para aspirar al progreso.

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