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Lupa Regional

El Sitio, 202 años después

Columna de opinión de Rafael Vergara Navarro, en Caracol Radio Cartagena

El 5 de Diciembre de 1815 luego de 105 días del más cruel sitio que se tenga memoria en América, cayó en manos de Pablo Morillo el Estado Soberano de Cartagena de Indias. Por las celebraciones y conmemoraciones pocos de sus hijos lo recuerdan.

Los españolistas dicen que el genocidio fue una reconquista legítima, para los independentistas una invasión de un Reino a una Nación, violando el derecho internacional que en esa época existía.

Veníamos de una larga dominación, es cierto, pero Cartagena ya la reconocían otras naciones, tenía un amplio territorio, instituciones, ejército, bandera y un pueblo dispuesto a defender, como lo demostró, su Soberanía.

Cartagena era una afrenta para el imperio.

Los 20 firmantes del acta de Independencia casi todos mártires declararon la Provincia de Cartagena de Indias Estado libre, soberano e independiente; libre de toda sumisión, vasallaje, obediencia que lo ligase con la Corona y España”.

En enero de 1812 34 hombres libres, representantes de las 5 provincias instalaron una Constituyente y el 14 de junio institucionalizaron la independencia al expedir la Constitución del Estado de Cartagena de Indias.

El 1 de Agosto, sin formar los ciudadanos nació la República.

La Constitución de 1812 que debería estudiarse desde la escuela, rebasó los límites raciales y económicos preexistentes en la sociedad colonial.

Pasó por encima de la estratificación racista de rígidos límites y claras diferencias económicas.

Las normas expresaron el espíritu democrático con hombres libres dispuestos a hacer respetar la diferencia ideológica y darle viabilidad al consenso.

Era una ciudad con un 62% de población multirracial, seres libres; 20% de blancos y 18% de esclavizados que poseían líderes que querrán el fin de la infamia.

Los valores eran impecables y revolucionarios: “El pueblo que ama y respeta la Constitución es invencible, pacífico y feliz”.

“La Soberanía recae en el pueblo,” lo que proclamó la Constitución de 1991 y algunos no se han dado cuenta. La garantía para la paz y seguridad es el pacto social con leyes para el bien común”

Se ordenaba inhabilitar a “los que hayan vendido o comprado votos”.

Prohibió el tráfico de esclavos, condenó la tortura, la retroactividad de la ley y la violación de correspondencia –las chuzadas- y con precisión de relojero-, diseñó controles entre poderes y normas penales para combatir delitos y la corrupción.

Los malos resultados de Cartagena y Bolívar en las pruebas Saber duelen e indigna al recordar que en esa Constitución “la educación pública es el puntal en el logro de felicidad”. Y “que es la que mejor iguala a todos los ciudadanos, les inculca y hace amable sus deberes (…) manera la mejora y previene los delitos”.

Y definieron un principio que es irrenunciable: (…) El conocimiento y aprecio a los derechos del hombre y el odio a la opresión y la tiranía son inseparables de la Instrucción Pública.”

NADIE HABLO DE RENDIRSE

Eso vino Morillo a castigar, a borrarlo de las mentes la independencia por eso de entrada reinstauró la inquisición.

Fernando VII financió la invasión y el despotismo con auxilios de comerciantes de Cadiz para impedir que se les escapara el monopolio perdido de consolidarse la independencia de la América.

La crueldad contra la libertad tenía que servir de ejemplo para sembrar el miedo que aun en muchos existe.

Pero como dice Lino de Pombo:

“A pesar de tanta miseria, y tantas congojas, nunca, durante la época del sitio que duró cerca de cuatro meses, se oyó a nadie hablar de desesperación siquiera de sometimiento a la antigua madre patria; si esto en los primeros días significaba patriotismo en los últimos tenía por causa adicional el desprecio absoluto de la vida, contraído por el hábito de los peligros, y por contagioso hebetamiento”

Cartagena de Indias condenada a un largo y penosos sitio soportó estoica y como signo trágico otra histórica infamia, siglos antes de su fundación.

Igual había sucedido con su abuela Cartago en las costas de África.

La absoluta falta de provisiones, la poca probabilidad de recibirlas por mar o por tierra y la imposibilidad de desalojar de sus posiciones a un enemigo tan superior, autorizaron al gobernador tomara cuantas medidas juzgase convenientes, excepto la de capitular con los españoles o volver a su dominación.

El 4 de diciembre llegaron a 300 los que murieron de hambre en las calles.

Mas a pesar de tan formidable azote, no desmayaba las constancia de los sitiados, prefiriendo morir a depender o capitular con Morillo.

Estaban disminuidos. De 500 hombres destinados a defender el castillo de San Felipe quedaban 37, y así sucedía en los demás puntos.

El 5 de diciembre principió la evacuación en un silencio y orden admirables. La escena no podía ser más patética ni inspirar sentimientos más profundos de dolor.

Huir de la tiranía española era alejarse para siempre de su país natal, ver frustrados todos los sacrificios de seis años y las esperanzas de ser libres e independientes.

Más de dos mil personas de todos los sexos y edades componían los emigrantes.

Juan García del Rio no da nombres pero entre ellos se encontraba parte de la dirigencia multirracial de la ciudad: Pedro Romero, Lino de Pombo, los Piñeres, García de Toledo, Amador, los venezolanos, Sucre, Montilla, Soublette y Bermúdez.

Al entrar encontraron cadáveres en las casas y en las calles, mujeres y hombres moribundos o esqueletos ambulantes. Era como un vasto cementerio de un aire corrompido y pestilente. Durante el asedio perdió Cartagena por el hambre más de seis mil personas, o la tercera parte de su población.

Apenas seiscientas personas se salvaron en las islas de Jamaica y de Santo Domingo, otros naufragaron y murieron o fueron capturados y entregados a Morillo quien los fusiló.

Y concluye nuestro cronista: La ciudad vio perecer en 114 días, 7.300 de sus hijos al rigor del hambre; 6.300 en el sitio y un millar después, que no pudieron reaccionar. Nadie se rindió y la lucha continuó hasta alcanzar de nuevo la libertad el 22 de septiembre de 1821, con la capitulación del ejército realista en Cartagena.

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