Otro elogio a la dificultad

Columna de Orlando Oliveros en Caracol Radio Cartagena.

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Es cierto: Cartagena parece una ciudad escupida por la historia. Saqueada en la Conquista, azotada por piratas ingleses y déspotas españoles durante la Colonia, desordenada en sus primeros gritos de independencia, sitiada con sanguinaria crueldad en la Reconquista y mil veces asaltada por sus propios dirigentes durante la república. El nuestro ha sido un curso trazado con las cartas náuticas de la tragedia, un barco de piedra y palmera que naufraga todos los días y surca sus propios mares de soledad con el timón roto y un vientecillo de desengaño en sus velas.

Más que La Heroica, hemos terminado siendo La Estoica, aun cuando nuestra impavidez ante las adversidades de la vida no nos haya conducido hacia la felicidad. Sí, estamos medio fregados, medio jodidos bajo el peso de una historia que no nos perdona, pues las desgracias del pasado no redimen nuestro futuro: si antes era Pedro de Heredia profanando los tesoros funerarios de los nativos y robándose el oro sin quintar de la Corona Española, hoy son un Concejo Distrital y un ex-alcalde investigado por redes de corrupción y tráfico de influencias. Si en el siglo XVIII fueron las Reformas Borbónicas las que atornillaron el bolsillo de los criollos, en el siglo XXI son los impuestos impagables que produce la gentrificación y el alza absurda de los pasajes del transporte público, como los 3000 pesos que habrá que pagar en Transcaribe por el “plan piloto” de una ruta con horario “extendido”.

De verdad que somos una ciudad puesta en la cruz. Sin embargo, esta no es una columna sobre la desesperanza cartagenera, sino sobre sobre el mérito de nuestra capacidad de lucha y entereza. Hemos sufrido, pero también estamos aprendiendo a resistir. Hemos soportado ocho alcaldes en cinco años (nueve con el que salga de la terna del movimiento Primero la Gente), funcionarios públicos controlados por familias políticas tradicionales, edificios y centros comerciales erigidos en la ilegalidad, desfalcos millonarios en la construcción de hospitales y mercados públicos que nunca se terminaron, alcaldes que se creían virreyes y niños ricos que se creían alcaldes. Nuestra espalda, flagelada durante 484 años, está llena de cicatrices que son cada vez más duras.

Por eso creo que este es el momento perfecto para elogiar la dificultad y hacer de ella un ingrediente revolucionario que nos conduzca a una transformación social sin precedentes en Cartagena. Es la crisis como pólvora, la necesidad como artillería pesada de la indignación.

Quiero pensar que los cartageneros pueden seguirle el paso a los párrafos finales de El reino de este mundo, aquella novela de Alejo Carpentier en donde el ser humano es hermoso dentro de su miseria y es capaz de amar en medio de las plagas sólo para hallar su máxima grandeza.

En el contexto de la dificultad, Cartagena crece y resiste. Resiste con sus negros y negras de corazón ardiente y chanclas de tres puntadas; con sus vigorosas fiestas de picós en barrios marginales; con su Champeta de erotismo desbordado y su salsa brava de tardes domingueras. Toda mesa de frito, toda chaza de libros de segunda mano, es en la guerra del símbolo una poderosa trinchera.

A partir de ahí, desde esa increíble oposición cultural, sé que podremos acabar con la secuencia infernal que nos gobierna. Frente a la pava de los malos gobiernos, la imaginación y la dignidad política del cartagenero prosperan.