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Lupa Regional

Hacer historia en la tragedia de dos ciudades

Opinión de Orlando José Oliveros Acosta en Caracol Radio Cartagena

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos directo al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”.

Lo anterior es el comienzo de una novela del escritor británico Charles Dickens titulada Historia de dos ciudades. Lo he invocado en esta columna porque su premisa, la de una ciudad binaria enfrentada a sus contradicciones, bien puede ser, en el fondo, el vivo retrato de Cartagena. Apodada cariñosamente como La Fantástica o La Heroica, y bautizada por sus ciudadanos indignados como una sucursal de la corrupción colombiana en el Caribe, la capital de Bolívar se ha convertido en una urbe de sentimientos encontrados que colapsa y resurge en el mismo instante en que se nombra.

No me digan que no han escuchado el cuento trillado de que en realidad existen dos Cartagenas: una marginal, caída en desgracia por las mezquindades de sus dirigentes, y otra supremamente más próspera, enriquecida por las mezquindades de sus dirigentes. En los eventos políticos internacionales en los que Cartagena funciona como vitrina del país, es ese rostro empobrecido al que los alcaldes mandan a esconder en sus casas periféricas para que todo el que llega pueda admirar las bellezas patrimoniales de la ciudad sin remordimientos de conciencia. Mientras la cara hipócrita y hegemónica ejerce su presencia en catálogos, postales y guías turísticas, la otra cara figura en índices de pobreza y deserción estudiantil.

Este contraste, aunque evidente y perjudicial, no es lo más preocupante a la hora de hacer un autorretrato nuestro. Lo que preocupa es que aun cuando poseemos el poder del voto que nos otorga la democracia, nosotros seguimos votando por los mismos. Al decir “los mismos” me refiero a los candidatos financiados por las familias políticas tradicionales, a esos pícaros que comienzan sus campañas antes de tiempo, que ganan votantes ofreciendo cuotas burocráticas y que persuaden familias enteras con el control de centenares de contratos por OPS. Pese a nuestra soberanía constitucional que puede tumbar a los políticos más apegados al poder, muchos de nosotros seguimos vendiendo el voto.

¿A qué se debe esto? ¿Será la pobreza, el vacío en el estómago, la costumbre de la resignación? Me niego a creer que quienes han sido oprimidos no pueden sentir el valor inalienable de la dignidad. La pobreza podrá ser una trampa a la que nos han arrojado, pero jamás será una trampa perpetua y mucho menos un tapón para el flujo de la consciencia. Hagamos del hambre y la necesidad, que siempre tienen cara de perro, un motivo más para votar indignados y no para votar sin conciencia. Tomemos todas y cada una de nuestras carencias y transformémoslas en razones para justificar nuestra rebeldía, no nuestra obediencia.

Hemos tocado fondo con esta crisis política, económica y administrativa. Eso lo saben los dos rostros de Cartagena. El periodista Manuel Vicente Duque, hasta hace poco el alcalde de la ciudad, ha decidido renunciar para que se convoquen elecciones atípicas. Es este el momento ideal para que los cartageneros por fin hagamos historia en medio de la tragedia de nuestras dos ciudades.

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