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Lupa Regional

Cartagena: una camisa limpia puesta a secar

Columna de opinión de Orlando Oliveros en Caracol Radio Cartagena.

Alguna vez alguien me preguntó si en verdad yo amaba a Cartagena, si podía llamarse cariño al hecho de que todos los días, como muchos de ustedes, me levantara de la cama con las ganas de criticar al alcalde, los concejales o los funcionarios del gabinete distrital. “Tú no puedes querer a Cartagena si te expresas así de ella”, fue lo que me dijo esa persona, dándole fin a la discusión.

Inicialmente pensé que aquel hombre confundía a la ciudad con sus representantes políticos y por tal razón acababa asumiendo una postura en donde se tomaba la parte por el todo. Sin embargo, esa conclusión no me pareció suficiente. En el fondo, sabía que criticar a las instituciones públicas era criticar a Cartagena, lo cual hacía de mi amor por la ciudad –y el de varios más– un amor diferente, que bien vale la pena explicar.

La verdad es que después de pensarlo durante mucho tiempo, creo que la Cartagena de hoy no es otra cosa que una camisa sucia, embarrada de políticos corruptos y percudida por la tradición de sus desfalcos. Nosotros, los ciudadanos que poco a poco nos hemos ido indignando, desarrollamos por la ciudad un cariño y un deber doméstico similar al que tienen las lavanderas de ríos por sus ropas sucias. Esas lavanderas aprendieron a aflojar la mugre con el golpe del manduco, purgando las impurezas a través de un martilleo bautismal donde cada garrotazo enjabonado es un aporte más al proceso de limpieza.

De esa misma manera los cartageneros hemos empezado a limpiar a Cartagena. Sólo que esta vez el río no está hecho de agua sino de tiempo y el manduco con el que exorcizamos las manchas no es de madera sino de palabras. El nuestro es un manduco verbal, constituido de argumentos tan bien sustentados que nadie podría dudar de su solidez material.

Y como buenos lavanderos, también cantamos cuando lavamos. Cantamos a la orilla de este río inmenso repleto de años aciagos, cantamos mientras el sucio sale y se despega de estas calles, cantamos con una voz exterminadora de obscenidades públicas, de robos al erario, de redes de corrupción y tráfico de influencias, de edificios ilegales, de concejales flojos y descarados, de casas políticas tradicionales, de hospitales desfinanciados, de universidades públicas perdidas en la burocracia, cantamos y purificamos con el manduco de nuestra indignación tanta hediondez política y tanta desigualdad.

Al final de este proceso, sé que habrá una camisa limpia que podamos poner a secar. Una camisa que por fin huela al jabón con que se baña el pueblo. Estoy seguro que esta crisis traerá consigo un verdadero despertar en la gente. De modo que cuando entremos nuevamente en época electoral, todos nosotros, guiados por el instinto de un bienestar común, sabremos votar por alguien que valga la pena y no por los mismos de siempre.

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