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[Crónica]: El caminante del aire. Desde Boyacá, Daniel Pineda cruza fronteras por una Colombia sin Asbesto

El periodista de Caracol Radio, Uriel Rodríguez, se puso las botas y acompañó a este hombre que completará 120 kms de recorrido.

 "Llevo muchos meses sin trabajar en algo que me dé alguna remuneración económica, sí trabajo, en esto, en esta lucha hasta que el gobierno prohiba el uso del asbesto en el país. Es un gran trabajo, me ha dejado deudas y el dolor macho de mis pies planos que tengo ahorita mientras caminamos. Pero no importa, es el precio que hay que pagar, para que en algún momento alguna familia que no me conozca diga: ¡Qué bendición que prohibieron ese veneno y que ya no estamos enfermos y no nos vamos a morir por eso! Eso es lo que busco, que la gente no se siga muriendo, perdí al amor de mi vida, Ana Cecilia es el gran amor y el motor de este propósito"

De esa manera, Daniel Pineda se expresaba cuando en algún punto en cercanías del municipio de Arcabuco en el departamento de Boyacá lo encontré temprano en la mañana.

Arrancaba el tercer día de caminata que inició en Paipa luego de haber despertado y decir que necesitaba con urgencia hacer algo más para que el gobierno lo escuche y prohíba el uso del asbesto en Colombia.

"Para completar tengo los pies planos y tanta roca en la trocha me ha molestado pero no hay lío, hoy busco recorrer 22 kms hasta Villa de Leyva. Ahí termino los 65 kms presupuestados" Me decía Daniel mientras llenaba su botella con agua de una quebrada de la localidad en la que se resbaló y cayó hasta mojar por completo sus piernas.

Daniel Pineda es un físico de profesión, con una maestría en temas relacionados con la geología pero con el interés de especializarse en mercadeo digital.

-Sí, es algo extraña la diferencia entre mi carrera y lo que quiero hacer. Pero busco con esa formación brindar soluciones a la gente, a mi gente, a los amigos que venden productos orgánicos y no saben cómo crecer, a la señora que fábrica ropa, etc.

Vive en zona rural del municipio de Duitama y cumple funciones de papá y mamá a la vez. Ana Sofía tiene cuatro años: es su cómplice y "su jefa".

-Yo soy el chófer de Ana Sofía, me levanto y hacemos una oración antes de organizarnos para que vaya al colegio, la recojo al salir, nos sentamos a conversar y me escucha. ¡Eso es muy lindo! No sabe lo que esa mujer representa y el amor que me produce a cada instante. Me brillan los ojos y me hace sonreír; me dice Daniel mientras levanta la cabeza y mira al cielo arrugando la frente con ternura.

-No sé qué es, pero esa sensación de ser papá de una niña es algo que no tiene nombre. Las niñas son como eso que llena el alma de un papá.

Una maleta con algunas prendas de vestir y una ruana para el frío que hace en algunos puntos de Boyacá y unos cuantos billetes en su bolsillo, son la compañía del hombre de 38 años que con mesura y muchas gotas de humildad me dice: "Llevo el dinero para tomar el bus de regreso cuando termine el recorrido y vea, esta bolsa de maní y unos cuantos calados para tomar algo de fuerza. Ayer llegué a un punto en el que estaba rendido, me dolían las piernas, en una casa una señora me permitió descansar un rato y sentí un olor a comida, me dijo que le habían llevado carne "oreada" y papas. Me preguntó si yo era el esposo de la señora que murió por culpa del asbesto que habían pasado por televisión. Le dije que sí, me dijo, vea mijo, ahí está su almuerzo. Aliméntese. Fue uno de los mejores detalles en este camino".

 -¿Qué se hizo Mono? ¿Se cansaría?

Mono es un perro que se unió a la caminata y recorrió por lo menos 8 kms guardándonos la espalda y ladrando cada vez que se nos acercaban otros canes criollos con cara de furiosos. La mascota temporal caminaba junto a nosotros con su pelaje amarillo y la cola levantada con la lengua afuera cual príncipe de un castillo, sin importar su tamaño. Era el Napoleón del camino a Villa de Leyva. La última vez que lo vi se metió entre unos matorrales al ver otra mascota pasando la cerca, pensamos que nos seguiría. Agradecidos con su compañía, Daniel y yo pensamos como -Bueno, encontraría un muy buen motivo para quedarse entre los matorrales.

¡Buena suerte, Mono!

320 personas mueren al año en Colombia por causas derivadas de la exposición al asbesto. En el mundo son 120.000.

-¡Acabo de tomar una decisión! En Villa de Leyva termino los 65 kms. ¿Sabe qué? Seguiré. Le dedicaré un metro a cada una de esas víctimas en el mundo y recorreré en total 120.000 metros, 120 kms. Sé que las piernas me responderán. Ya estamos a aproximadamente 5000 metros de llegar a Villa de Leyva.

El aire contaminado deja víctimas mortales casi que incontables en el mundo. En Sibaté, Cundinamarca se encuentra una de las plantas para la fabricación de productos con asbesto más grandes del país, y en el departamento de Antioquia, específicamente en el municipio de Campamento, está el mayor punto de producción del denominado asesino silencioso.

El cáncer de pulmón es la principal enfermedad que deja víctimas en el globo terráqueo cuando al asbesto se expone. Ana Cecilia Niño, la esposa de Daniel falleció lentamente al diagnosticarle esa enfermedad bajo una derivación denominada asbestosis. Por su parte, el mesotelioma acabó con la vida de Numael Rodríguez, quién falleció el pasado miércoles 12 de julio y quien había pasado los últimos años de su vida lidiando y abrazando la vida con un solo pulmón que le daba el aire necesario para luchar junto a su hija Helen, Daniel Pineda y decenas de personas que de forma simbólica hacen parte del movimiento Colombia sin Asbesto. Su pulmón se apagó pero como relata Daniel Pineda, su espíritu y su fuerza no se fueron porque también es otro guerrero de esta misión que aunque con enemigos, busca salvar vidas de tantos colombianos.

¡Villa de Leyva a la vista! Gritó Daniel cuando en un punto de la trocha subíamos una empinada de la vía Los Naranjos y se alcanzó a ver ese horizonte colonial y maravilla turística de Boyacá. Su grito de triunfo hizo que sus piernas se fortalecieran y aceleráramos el paso.

-Proteger la vida debe ser nuestra obligación, somos esto, somos aire, agua, esa luz. Conservarnos valientes en este planeta debe ser una misión en conjunto.

Un día antes de la muerte de mi esposa jugábamos los tres a una estrategia: mi hija, Ana Cecilia y yo. Era un juego complicado pero al terminar, llegamos a la conclusión que repito todos los días y es: Siempre, siempre debemos hacer nuestro mejor intento. Eso no lo puedo sacar de mi cabeza.

¡Por fin el asfalto! La carretera pavimentada fue el nuevo escenario para nuestros pies indicándonos que estábamos apenas a unos cuantos metros de Villa de Leyva.

-¿Por dónde podemos llegar a la plaza principal? Para Daniel parecía interminable el trayecto. El sudor se mezclaba en la cabeza con la lluvia de esa tarde.

-Debemos almorzar primero, Daniel. Le dije cuando estábamos ad portas de la Villa.

-Necesito recuperar fuerzas, me respondió.

Toda la gente ya había almorzado, eran las tres de la tarde, encontramos un lugar de comida típica con sillas y mesas improvisadas, y fogones en la calle preparando de todo un poco cual piqueteadero de pueblo. Fue una bendición para Daniel. Pedimos a la doña que sirviera dos platos de sopa con todo su amor para que la traducción fuera: sirva por favor dos platos muy generosos porque el problema es de hambre.

-Sabe a gloria esta comida, dijo Daniel luego de hacer una oración en voz alta agradeciendo a su dios por el alimento.

Un salpicón de sobremesa y ¡Vamos a la plaza! Hay que grabar un vídeo para decirle a nuestra gente que llegué. Dijo Daniel mientras estiraba sus piernas y se apoyaba contra la pared para aliviar su espalda.

Unas ocho horas y media tardó ese recorrido en el tercer día de caminata. Aproximadamente 20 kms lo acompañé con conversaciones, en necesarios escenarios de silencio, en el paso de uno que otro vehículo por la trocha, en el nutrido golpe de los pasos arrastrando tierra y rocas, en el sonido de ese aire puro de las tierras de Boyacá que busca sea respirado por todos los colombianos.

Llovía y al cumplir la meta, le di la mano frente a la Plaza de Villa de Leyva y le dije que hasta ahí lo acompañaba. Un abrazo de pulmón fue su forma de gratitud por la compañía.

Daniel seguirá caminando por Boyacá hasta completar los 120 kms. Por una Colombia Sin Asbesto.

 Me fui, Daniel se quedó. Cuando partí, Daniel dijo: No tengo la menor idea de cómo me podré hospedar hoy en algún lado.

Aún le quedaban unos cuantos granos de maní en la bolsa que guardaba en el bolsillo de su chaqueta.

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